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lunes, 27 de octubre de 2014

¿QUIEN FUÉ EL VERDADERO LIBERTADOR DEL DUCE?

¿Quién liberó a Mussolini?
 
26 / 06 / 2009 0:00 Luis Reyes
 
GRAN SASSO, 12 DE SEPTIEMBRE DE 1943 • El rescate del Duce, organizado por el general Student y el comandante Mors, resulta exitoso.
 

La hazaña más asombrosa de la II Guerra Mundial es sin duda la liberación de Mussolini, preso en un hotel de alta montaña solamente accesible por un pequeño funicular. Hubo muchos actos de heroísmo mayores, infinitos sacrificios más admirables y audaces operaciones de más trascendencia para el curso de la guerra, pero nada más peliculero, más misión imposible que el aterrizaje en una montaña de los paracaidistas que Hitler envió a rescatar a su camarada. Goebbels tenía una pera en dulce para su máquina de propaganda, incluso ordenó repetir la operación para filmarla. Aunque Mussolini no fuera ya ni una sombra del Duce, sino un zombi sumido en la depresión y sin influencia en los acontecimientos, liberarlo de manos de los aliados (Italia se había pasado al bando aliado) era objetivamente un gran éxito. Y la forma de hacerlo no podía ser más espectacular ni inventada por un guionista. Había que darle un protagonista a la aventura, porque la gente se entusiasma con los héroes. El propio Hitler decidió el casting: Otto Skorzeny, un mocetón de dos metros muy bragado, de aspecto simpático, con un extraño atractivo pese a tener el rostro cruzado de la oreja a la barbilla por una cicatriz... y miembro de las SS. Pero, ¿quién liberó de verdad a Mussolini? En la mañana del 11 de septiembre el general Student, jefe de los paracaidistas, llamó al comandante Harald Mors y le dio una orden perentoria: lanzar a sus paracaidistas para liberar a Mussolini las 7 de la mañana del día siguiente. El Duce había sido depuesto y detenido el 25 de julio de 1943. El 8 de septiembre Badoglio, jefe del nuevo Gobierno, había anunciado la rendición de Italia, y el 10, el rey y Badoglio escaparon de Roma y se fueron con los aliados. A Mussolini lo habían estado moviendo frenéticamente de un lado a otro; ahora estaba localizado en la cercana montaña de Gran Sasso, pero el general Student temía su inminente traslado y entrega a los aliados. El comandante pidió una hora para estudiar la operación. Mors mandaba un aguerrido batallón de la 2ª División Paracaidista, que había ocupado Roma ese día; era un veterano de Creta de toda confianza para Student. El hotel Campo Imperatore se encontraba en una altiplanicie rodeada de picos, a 2.000 metros de altitud. Solamente tenía acceso por el funicular que subía desde el valle de Assergi, mil metros más abajo.

El plan de Mors

Allí arriba no se podían lanzar paracaidistas porque a esa altitud las fuertes corrientes de aire los dispersarían por un terreno lleno de cortados. Los paracaidistas podían saltar sobre el valle, pero subir al Campo Imperatore en el funicular sería imposible. Los italianos que vigilaban al Duce –unos 150 soldados y carabinieri- podrían detener desde arriba el funicular, cortar el cable o hacer tiro al blanco sobre la cabina. La otra posibilidad era trepar por la empinada ladera, pero eso llevaría horas, daría tiempo a que los vigilantes del Duce lo ejecutasen –esa orden tenían, antes de permitir que escapara- o que llegaran refuerzos italianos, que tenían el control de aquella región, todavía no ocupada por los alemanes A Mors se le ocurrió una audaz alternativa: que una decena de pequeños planeadores aterrizaran en la altiplanicie de Campo Imperatore, alrededor del hotel. Eso pondría allí en unos minutos a cien hombres, agrupados y listos para el golpe de mano. Pero si lograban sorprender a la guardia y liberar a Mussolini, habría que sacarlo.

Era precisa una operación simultánea terrestre: apoderarse del valle y la terminal del funicular, subir en la cabina refuerzos, y luego bajar en ella a Mussolini, meterlo en un coche blindado y llevarlo a Roma escoltado por el batallón de Mors completo. El general Student aprobó el plan pero cambió el final. No se expondría a un traslado del Duce de varias horas por territorio hostil. Mandaría aterrizar en la altiplanicie su avioneta personal, una Fieseler Storch en la que sólo cabían el piloto y un pasajero, y sacaría a Mussolini del Gran Sasso por aire. La Hora H sería las dos de la tarde. En esas apareció Skorzeny y pidió permiso para participar en la operación. Dado que había arriesgado la vida para localizar a Mussolini (véase recuadro), Student lo autorizó. Irían también 16 comandos del grupo especial Friedenthal de las SS, y el general italiano Soletti, cuya presencia ayudaría a disuadir a los italianos de combatir.

El invitado

Skorzeny iba como invitado; aunque era capitán, el mando de la operación lo tenía un teniente, el barón Von Berlepsch, veterano jefe de la compañía de 90 paracaidistas que iría en los planeadores. El comandante Mors, con el resto del batallón, viajó por tierra durante doce horas, para ocupar sin problemas el valle a las 14 horas, mientras veía aterrizar a los planeadores. La misión de estos resultó increíblemente fácil. Sólo hubo un incidente. Skorzeny ordenó al piloto de su aparato adelantarse al orden previsto y aterrizar el primero. La maniobra estorbó a otro planeador, que se estrelló, aunque sólo tuvo tres heridos leves... y permitió que Skorzeny llegase el primero al hotel. Los italianos fueron meros espectadores. No se disparó ni un tiro, se rindieron muy contentos y el oficial al mando incluso ofreció vino a los alemanes, que los desarmaron pero no los hicieron prisioneros. Siguiendo el plan, Mors subió con refuerzos –innecesarios- por el funicular, y la avioneta aterrizó para recoger al Duce. Skorzeny dijo entonces que se iba con él. Sus 100 kilos eran un sobrepeso peligroso, pero parecía conveniente que acompañara un guardaespaldas al Duce. Eso le dio a Skorzeny un gran protagonismo, pues fue con Mussolini hasta su encuentro con Hitler. Inmediatamente se convirtió en una figura mediática, y contó por la radio que él había dirigido la operación, que había sido muy difícil y había perdido a un tercio de “sus” hombres. El general Student y el propio Mors fueron a protestar ante Göring, jefe de la Luftwaffe (a la que pertenecían los paracaidistas) y segundo de Hitler. Pero Göring les dijo que esa versión la había elaborado el propio Führer, por tanto, punto en boca. Sólo después de la guerra Student y Mors pudieron contar la realidad de los hechos. Pero para entonces Skorzeny ya era una leyenda viviente... refugiada en la España de Franco, por cierto.


 

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