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jueves, 22 de octubre de 2015

EL EJEMPLO LEGIONARIO

VALENZUELA. EL EJEMPLO LEGIONARIO (General de División Rafael Dávila Álvarez)

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‹‹Yo, modesto jefe del Ejército, aspiro a conservar este espíritu caballeresco de la Legión y cuento con vuestra cooperación para este fin.

Sigamos todos el ejemplo glorioso de los legionarios que vertieron su sangre por España y que supieron vencer a los gritos de ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!››.

Así terminaba la primera Orden que el Teniente Coronel Valenzuela dictaba a la Legión. Se le había designado jefe del Tercio de extranjeros el día 15 de noviembre de 1922. Si difícil era ponerse al frente de aquellos hombres más lo era sustituir a su fundador y admirado jefe, el Teniente Coronel Millán-Astray.

Delicada situación enrarecida por los enredos de la política. Actitud pasiva hacia el Protectorado, disminución de fuerzas. Abd el Krim que busca rematar su faena.

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Junio de 1923. Tizzi Azza constituye la línea avanzada para apoyo de las operaciones de recuperación del territorio perdido en el Desastre de Annual. Es una posición clave y está asediada, amenazada con caer en manos rifeñas. De nuevo Melilla en peligro. No se puede ceder un palmo de terreno.

Suena la voz: ¡A mí la Legión! y avanzan la I, II, y IV Banderas de la Legión. Lo hacen sin preparación artillera, amparadas únicamente por los espíritus de combate y compañerismo. Va mandada por un nuevo jefe, el Teniente Coronel Rafael Valenzuela y Urzáiz. Es su primer combate al frente de los legionarios.
-¿Cómo podré yo sustituir a Pepe Millán?, se preguntaba Valenzuela.

Los barrancos llenos de enemigo. El denso fuego paraliza el avance y se convierte en una hoz de muerte. No pueden detenerse. No deben hacerlo. El enemigo, bien protegido, parece invisible. Hay que buscarle ¡a la bayoneta! Es el momento del jefe, del impulso. Valenzuela se da cuenta y se pone al frente de sus hombres arengando con su ejemplo. No van a morir fusilados. Si mueren lo harán como dicta su Credo. Todos los legionarios miran a su jefe. No hay duda, esto es la Legión: ¡Viva España! ¡Viva la Legión!
A pesar del ruido del combate los gritos suenan como un rugido sobrecogedor.

Tenía que morir un jefe de la Legión. Tenía que hacerlo al frente de sus legionarios. Estaba escrito en el Credo fundacional de estas tropas. Cuando se exige tanto, entregarlo todo, la enseñanza culmina con el ejemplo. Para mandar hombres en combate tienes que conducirlos, no empujarlos. Eso exige un compromiso que se aleja de los razonamientos vulgares. Se llama valor y honor, inseparables, vinculados al que manda y al que obedece. Si se pierden no se vuelven a recuperar ¡jamás! El que manda asume la responsabilidad del que obedece. Es responsable de la moral de victoria de sus hombres, del valor, la acometividad, la serenidad y el espíritu de lucha.

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El valor militar describe una historia vinculada estrechamente al honor. Sin alardes, innecesarios. Cualquier combate puede terminar con la muerte. Por ello es necesario educar el valor que vence al miedo a morir.
Valenzuela asume el Credo legionario hasta la muerte. Con ella, se empieza a entender el significado de sus espíritus.

Acaba el combate. Entra el convoy en Tizzi Azza. Abd el Krim hace proposiciones de paz. Melilla de nuevo respira. Valenzuela no. Tampoco lo hacen sus legionarios con él muertos.

Han muerto por todo ello, por Melilla, por España. Como manda la Legión.

‹‹Yo, modesto jefe del Ejército, aspiro a conservar este espíritu caballeresco de la Legión y cuento con vuestra cooperación para este fin.

Sigamos todos el ejemplo glorioso de los legionarios que vertieron su sangre por España y que supieron vencer a los gritos de ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!››.

Así empezaba y terminaba la vida de un jefe de la Legión, el Teniente Coronel Rafael Valenzuela y Urzáiz.

 Ejemplo glorioso de los legionarios.
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En su libro Arte del Buen Mandar Español el general Bermúdez de Castro nos cuenta una bella historia:

En cierta ocasión se encontraba el Tercio de Antonio Leiva, el mejor discípulo del Gran Capitán, pasando revista por el Veedor cuando a lo lejos se divisó un tropel de jinetes que se aproximaba.

-¡Es el Emperador!, gritaron los oficiales.

Los tambores y pífanos rompieron a tocar la Marcha Real.

Detuvo el Emperador su caballo, descabalgó de un salto y se incorporó a la cabeza de la primera compañía. Tomó un arcabuz y ordenó que empezase la Muestra. El Veedor, sorprendido, nombró al Emperador en voz alta:

-¡Su Majestad Don Carlos de Gante, Rey de las Españas, Emperador de Alemania!

Terció el Emperador su arcabuz, quitóse el sombrero y oyéndole todo el Tercio contestó:

-¡Presente y armado!

Desde aquel momento el Emperador quedó hecho primer soldado arcabucero de la 1ª Compañía del Tercio de Infantería de Milán. Su haber pasó a cobrarlo el soldado más viejo.
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Ser soldado es una honra hasta para el Monarca. Un soldado es algo más que Caballero y solo exige el buen trato de la patria y la consideración que le da ceñir una espada.

El jefe debe ganarse la consideración de soldado y, si lo alcanza una bala o le hiere el acero, compartir su destino.

Ese es el ejemplo legionario: el de Valenzuela, un jefe de la Legión.

General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

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