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domingo, 22 de febrero de 2015

CHRIS KYLE EL NUEVO HÉROE AMERICANO

El nuevo héroe americano 

 

El nuevo héroe americano
Bradley Cooper
El nuevo héroe americano de Clint Eastwood es un «redneck», un paleto del sur, un texano educado en la cultura del rifle, uno de esos cowboys que pasan los fines de semana en rodeos y malgastan el tiempo matando birras; un tipo de perfil intelectual modesto, que ha asumido desde pequeño los valores tradicionales de familia y patria, y que cualquiera podría imaginar en un bareto chungo de vaqueros caneando a un chavalín por repasar de un vistazo las curvas de su último ligue. El muchacho creció en una de esas granjas que pueblan el sur de Estados Unidos, bajo la tutela de uno de esos padres religiosos que, por un lado, inculcan las lecciones de la Biblia y, por otro, enseñan a disparar escopetas. Uno de esos progenitores devotos que inculcan a su hijo, a golpe de intimidación, el curioso credo de que «el mundo se divide en tres clases de personas: las ovejas, que no pueden defenderse por sí mismas; los lobos, que se comen a los débiles, y los pastores, que son los que protegen a los indefensos». En un aparte, le apostilla: «Yo espero que tú seas de los últimos». En la mitología norteamericana todavía subsiste la idea fundacional del hombre hecho a sí mismo, el que soluciona sus asuntos al margen de la Ley o a costa de ella. Es el perfil de los que abogan por las milicias armadas y aprenden a liberar sus frustraciones, o asentar sus convicciones, según se vea, vaciando las balas de un cargador en una diana de colores.

«La Leyenda»

El Chris Kyle de Clint Eastwood –que presenta importantes y notables diferencias respecto al personaje real– proviene de ese ambiente rural, provinciano, tan bien retratado en docenas de filmes. Es alguien que no se hace demasiadas preguntas sobre lo que ocurre a su alrededor; un personaje más inclinado a responder a los estímulos de sus emociones instintivas que a los razonamientos procedentes del sentido común. Cuando el 11-S, dos aviones impactaron contra las Torres Gemelas, según el director de «Bird» (en realidad no sucedió como él lo cuenta), el chico sintió la necesidad de ayudar a su país y enrolarse en el Ejército. No conocía entonces que unos meses después se convertiría en «La Leyenda», en uno de los soldados más letales de la historia de su país.

Eastwood ha recogido esta historia en «El francotirador», un filme controvertido, salpicado de ideas francamente polémicas, como las diferentes justificaciones que el protagonista de la película –un Bradley Cooper que, para encarnar este papel, ha renunciado a su habitual figura estilizada por otra propia de un jugador de fútbol americano– aporta para abatir los blancos que percibe a través de su mira telescópica o la capacidad del director para subrayar, sin ningún complejo, el lado más humano y sensible de un treintañero que ha sido, justamente, entrenado como francotirador –una clase de militar que no goza precisamente de buena reputación desde la guerra de Bosnia, por señalar un ejemplo entre otros muchos–. Lo que más impacta de este filme –que narrativamente funciona, nunca mejor dicho, como un tiro, si dejamos de lado los diferentes acentos ideológicos– es la falta de profundidad del Chris Kyle que refleja la cinta. En este trabajo sin dobleces, en el que no existen grises, sólo blancos y negros –el bueno es muy bueno y además es americano, y el malo es lo peor que alguien pueda echarse a la cara y, por supuesto es iraquí o sirio–, lo que asusta, en realidad, es la falta de hondura de este militar de los SEAL. Es el reflejo de un alma elemental, incapaz de plantearse reflexiones complejas sobre su cometido o el mundo que le envuelve y en el que desarrolla su cometido.

Eastwood parecía, o había hecho creer a gran parte del público, que se había redimido de su pasado, de la rancia apología de la violencia y de sus radicales tesis políticas, a través de un cuarteto de películas que resultaban imprevisibles en un realizador de su trayectoria. En «Mystic River» deconstruía al justiciero que venga a su familiar sin esperar a la intervención de la Justicia; en «Sin perdón», renegaba de los pistoleros de sus orígenes –«El jinete pálido», la trilogía del dólar...–; en «Million Dollar Baby», aportaba una visión oscura del boxeo y mostraba el fracaso y el desamparo de los que intentaban escapar de la pobreza y hacerse a sí mismos a través de una inesperada defensa de la eutanasia, y, en «Gran Torino», claudicaba de Harry el Sucio y abogaba por una sociedad multicultural en un país cada día más egoísta y materialista. Pero, con «El francotirador», el cineasta da la impresión de que ha regresado a los parámetros que marcaban «El sargento de hierro».

Un vecino modélico

Se puede intentar ser benévolo con East-wood, perdonarle algunos despropósitos que la red se ha encargado de aventar y, también, la maniqueísta fotografía que ofrece en este «biopic» de los combatientes iraquíes, a los que Kyle llama «salvajes» sin ruborizarse, y, a continuación, abrir un capítulo de interrogantes y dudas sobre los objetivos que han movido al director a rodar este guión, con el que, por primera vez, aborda un conflicto bélico reciente, de este siglo. ¿Es una fría instantánea de un soldado americano? ¿La denuncia de una persona que realmente se ha tragado la publicidad institucional sobre la guerra y responde a ella con una ceguera total, casi con un convencimiento pleno? ¿Un recurso patriotero, dirigido a los americanos, para volver a alzarse con un Oscar? (En su estreno en Estados Unidos, el filme barrió en taquilla). ¿O es, en cambio, la imagen del nuevo héroe americano que él aplaude y defiende sin cortapisas y de manera abierta? Esa clase de hombre que mata por la paz; que es implacable con el enemigo (sea cual sea), pero un honesto y honrado marido que cuida de su mujer –a la que da vida la actriz Sienna Miller: la parte más emotiva de toda la película– y un padre bondadoso, de libro, con sus hijos, a los que cuida y transmite lo que ha aprendido; un espíritu que es capaz de rehacerse de los traumas que le ha dejado la guerra para reintegrarse sin problemas en la vida social, en el seno de una familia y, además, convertirse en un vecino modélico para la comunidad que le rodea. El final del filme, enmarcado por un millar de banderas y estrellas, puede ocultar una ironía sobre la grandeza y la pobreza de EE UU. Pero eso es algo sobre lo que, como es lógico, debe recapacitar el espectador.





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