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domingo, 2 de noviembre de 2014

ESPAÑA EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL EL CONFLICTO DE UN NO BELIGERANTE

España, la guerra de un no beligerante
 
ARMANDO FERNÁNDEZ-XESTA
Día 31/10/2014 - 11.59h

Unidades españolas participaron tanto en la defensa del Kremlin o la Cancillería del Reich como en la liberación de París

Para ser España un país con el declarado status de no beligerante (sí pero no, no pero sí), los españoles estuvieron pre­sentes y jugaron un papel a veces rele­vante en demasiados acontecimientos clave de la Segunda Guerra Mundial. Consecuencia, sin duda, de que para muchos, para la mayoría, la más grande contienda registrada en la historia re­sultaba, en principio, una segunda parte, corregi­da y aumentada, de la Guerra Civilque había divi­dido al país en dos bandos, si no irreconciliables, desde luego no reconciliados.

Tánger

Único acto formal de guerra por parte de Es­paña a lo largo de esos años fue la ocupación «manu militari» de la ciudad de Tánger: Mientras los panzer del Reich se desparramaban por las llanuras fran­cesas, el 14 de junio de 1940, unidades de la Mehala Jalifia­na entraban en la ciudad entre saludos brazo en alto y ponían fin a su status internacional.
 
Excepto por los movimientos de los agentes secretos, sus in­trigas y sabotajes, que sirvieron para hacer de ella marco de novelas de espionaje, Tánger, abierta y cosmopolita, no se vio especialmente afectada por la guerra y al final de la misma, con el triunfo de los aliados, re­cuperó su anterior condición, mientras las tropas españo­las debieron de abandonar su perímetro. Fin de la anécdota colonial.
 

Pero la ocupación de Tánger evidenció el interés del régimen español por África, que pretendía materializarse en un nuevo imperio colonial, a costa fundamentalmente de Francia. Por esa época, Areilza y Castiella teorizaban en un li­bro escrito en común sobre las Reivindicaciones de España. El que esas reivindicaciones no cuajaran cuando en Hendaya se pretendió fijar día y hora de la entrada de España en la guerra contribuyó a que no lle­gase a ser definitivamente un país beligerante. Si ello fue sólo a causa de una ambición des­medida o al exceso de cautela, cuando no premeditada astu­cia, depende de las interpreta­ciones… O quizá fueran todas esas cosas a la vez.

División Azul

Pero tuvo un coste, la División Azul. Y mejor una división que todo el país. Serrano Súñer sentenció «Rusia es culpable» y decenas de miles de españoles se enrolaron para combatir en el frente del Este. La inmensa mayoría voluntarios y más por ideales propios que por cualquier afinidad con el nacionalsocialismo.
 
Aunque hubiera que jurar lealtad al Führer, se luchaba por España y por los principios anticomunistas que habían vertebrado al bando nacional en la Guerra Civil. A ningún divi­sionario se le ocurría que Alemania dependiera de ellos para aplastar a la Unión Soviética, como antes había arrollado a tantos países en sus victoriosas campañas. Bien al contrario, en su interminable marcha a pie hasta el frente, el temor de los vo­luntarios españoles era que Moscú cayese antes de darles oportunidad de entrar en combate («Rusia es cuestión de un día para nuestra infantería»).
 
Y esa infantería se cubrió de gloria a lo largo de casi mil días en el Volchov, en el lago Ilmen, en Krasny Bor… Posiblemente no habrá unidad mili­tar en el mundo a la que se le hayan dedicado más libros, más artículos y pocas han acaparado tantas portadas en revistas y periódicos de los más diver­sos países.
 
Frente a quienes se empeñan en ver la Historia como algo plano, de ideologías permanen­tes, y son capaces de trasplantar impávidamente al pasado los principios del presente, es imposible no reconocer la gesta personal de aquellos españoles que con el tiempo terminarían disgregados entre el propio régimen y la oposición a él. Los «irreduc­tibles», unos cientos, continuarían luchando por Alemania cuando la División fue repatriada.

Los Republicanos

Con la misma convicción y con el mismo valor, otros españoles, expatriados republi­canos, alcanzaron también la gloria combatiendo desde el helado Norte, en Narvik, hasta las arenas del desierto, en el mítico Bir Hakeim. Pero no por Francia, bajo cuyas banderas se encuadraban, sino por los mismos ideales por los que se habían ba­tido en la península. Serían los primeros aliados en entrar en París en 1944 a bordo de sus vehícu­los militares, que llevaban los nombres de Belchite, Guadala­jara, Guernica, Ebro…, recuerdo permanente de la Guerra Civil.
 
Y si hubo un puñado de ex-di­visionarios defendiendo la Can­cillería del Reich en losúltimos días de Berlín, los republicanos españoles, encuadrados en «La Nueve» de la 2ª División Blinda­da de Leclerc, tomarían en esas mismas fechas el santuario de Hitler, el Berghof, en los Alpes bávaros.
Y otros muchos españoles más que lucharon en el Este, unos en la única unidad es­pecíficamente española del Ejército Rojo (encargada de la defensa del Kremlin durante el avance alemán contra Moscú) y otros encuadrados de forma individual en unidades sovié­ticas como tanquistas, como aviadores, como partisanos...
 
Y como partisanos también en Francia, en el maquis. O en Londres, ejerciendo de espías, como Pujol, alias «Garbo», que logró engañar a los alemanes sobre el auténtico objetivo del Día D. O los que participaron en las rutas de escape de aviado­res aliados y de perseguidos ju­díos… Y tantos otros que apor­taron su esfuerzo y su valor a uno y otro bando.
 
Tras la guerra en Europa, en Potsdam, mientras se dirimía el reparto del mundo, Stalin reclamó a sus aliados el cambio de régimen en España. Se opuso Chur­chill por razones de pura estrategia militar ante la futura Guerra Fría, que él ya preveía inminen­te. Truman le apoyó en ese extremo y el dictador soviético no juzgó oportuno insistir. Contra toda esperanza de los combatientes republicanos, la derrota del Eje no llegó a suponer la reversión del resultado de la Guerra Civil.
Aunque victoriosos en los campos de Europa, habían perdido de nuevo su guerra.
 
 

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