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En la historia de los Estados Unidos de América, el destino de los indios nativos americanos ha sido predominantemente trágico. Los colonos se quedaron con sus tierras, no entendieron sus costumbres y diezmaron sus poblaciones. Paradójicamente, durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense necesitó la ayuda de los indios navajos. Contra todo pronóstico, aquellos que habían sufrido tanto a manos del gobierno que ahora les pedía su ayuda, respondieron afirmativamente a la llamada patriótica.
 
Las comunicaciones seguras siempre son un aspecto vital de cualquier guerra y la Segunda Guerra Mundial no iba a ser la excepción. De batallón a batallón o de acorazado a acorazado, todo el mundo debía estar en contacto para saber cuándo y dónde atacar o cuándo replegarse. Si el enemigo llegaba a escuchar una conversación táctica, no solamente se arruinaba el factor sorpresa, sino que podía mover sus efectivos y tomar la delantera. Los códigos (encriptaciones) eran por tanto esenciales para proteger dichas conversaciones. Por desgracia, todos los códigos terminaban descifrándose. En 1942, un hombre llamado Philip Johnston ideó un código que creía que sería indescifrable para los japoneses, un código basado en el lenguaje navajo.

La idea de Philip Johnston

Hijo de un misionero protestante, Philip Johnston pasó gran parte de su infancia en una reserva navaja. Creció junto a niños navajos, aprendiendo su lenguaje y sus costumbres. De adulto, Johnston se convirtió en ingeniero de la ciudad de Los Angeles pero siguió muy vinculado a la cultura navaja.
Un día, Johnston estaba leyendo la prensa y se topó con una noticia que hablaba de una división armada en Luisiana que estaba tratando de crear un código militar con la ayuda de personal nativo americano. Algo hizo clic en la mente de Johnston y al día siguiente se dirigió a Camp Elliot (cerca de San Diego) y expuso una propuesta de código al teniente coronel James E. Jones, oficial de comunicaciones de la zona.
 
El teniente coronel Jones se mostró inicialmente escéptico. Los intentos previos empleando códigos similares habían fracasado porque los indios americanos no tenían palabras en su lenguaje para designar términos militares. Ciertamente, los navajos no tenían la necesidad de añadir a su idioma palabras como “ametralladora” o “blindado”, del mismo modo que en castellano no usamos palabras distintas para designar al hermano de nuestra madre y al hermano de nuestro padre, cosa que sí ocurre en otros idiomas: simplemente recurrimos a la palabra “tío”. A menudo, cuando se crean nuevos inventos, otros idiomas simplemente absorben la palabra del país en el que se crea la invención. Por ejemplo, en alemán radio se dice “Radio”. Por esta razón, al coronel Jones le preocupaba que en caso de emplear el idioma de los indios americanos como manera de encriptar las comunicaciones, la palabra para “ametralladora”, es decir “machine gun”, sería idéntica a la usada en inglés, lo que haría que el código fuera fácilmente descifrable por los japoneses.
 
No obstante, Johnston tenía otra idea. En vez de añadir la traducción calcada de “ametralladora” (“machine gun”) al lenguaje navajo, emplearían una o dos palabras ya existentes en ese idioma para referirse a cada término militar. Por ejemplo, el término para “caza” sería “colibrí” y “ballena” para “acorazado”.
 
El teniente coronel Jones le propuso una demostración de la idea de Johnston al general de división Clayton B. Vogel. La demostración fue todo un éxito y el general de división le envió una carta al Mando del Cuerpo de Marines de los EE.UU. recomendando el alistamiento de 200 indios navajos para actuar como locutores de claves, es decir, como intérpretes humanos. Esta petición obtuvo respuesta positiva, ahora bien, se comenzaría como un proyecto piloto con tan sólo 30 indios navajos.
 
codigo de los indios navajos en la Segunda Guerra Mundial
Fuente y autoría: USMC Archives [bajo licencia CC BY-2.0], vía Flickr
Locutores de claves navajos en julio de 1943. Como bien puede verse en esta fotografía, los rasgos faciales de los navajos similares a los de los orientales sería sinónimo de varios incidentes de fuego amigo durante la Segunda Guerra Mundial.

Los inicios del programa de locutores de claves navajos

Los reclutadores visitaron una reserva navaja y seleccionaron a los primeros 30 locutores de claves (uno terminó cayéndose de la lista, así que el programa inició su andadura con tan sólo 29). Muchos de estos jóvenes navajos nunca habían estado fuera de la reserva, lo que complicó aún más la ya de por sí difícil transición a la vida castrense. Aun así, dieron lo mejor de sí mismos. Trabajaron infatigablemente día y noche ayudando a crear el código y aprendiéndolo.
 
Una vez creado el código, los reclutas navajos fueron sometidos a exhaustivas evaluaciones. No podía permitirse ningún fallo en ninguna de las traducciones. Hay que tener en cuenta que una palabra malinterpretada podría conducir a la muerte a miles de personas. Una vez que se finalizó el entrenamiento de los primeros 29, 2 de ellos se quedaron en los Estados Unidos para ser instructores de futuros locutores de claves navajos y los 27 restantes fueron enviados al infierno de Guadalcanal para poner en práctica por primera vez este nuevo código.
 
Johnson, al no haber podido participar en la creación del código porque era civil, se ofreció voluntario para alistarse siempre y cuando se le permitiese participar en el programa. Su oferta fue aceptada y Johnston tuvo la misión de encargarse del aspecto formativo del programa.
 
El programa en sí fue todo un éxito y pronto el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos autorizó el reclutamiento ilimitado de locutores de claves navajos. La comunidad navaja contaba con 30 000 miembros y, a finales de la Segunda Guerra Mundial, 420 hombres navajos habían trabajado como locutores de claves.

El código navajo

El código inicial consistía en la traducción de los 211 términos ingleses más usados en las conversaciones militares. En la lista había términos para denominar rangos militares, aeronaves, meses y vocabulario general. También se incluían los equivalentes navajos de las letras del alfabeto inglés, para que los locutores de claves pudieran deletrear nombres de lugares específicos.
 
Sin embargo, un criptógrafo de Camp Elliot sugirió que el código podría aumentarse. Mientras estaba supervisando varias trasmisiones, se dio cuenta de que dado que había demasiadas palabras que deletrear, la repetición de los equivalentes navajos de cada letra podía darle a los japoneses la oportunidad de descifrar el código. Así que, siguiendo las sugerencias del criptógrafo, se decidió añadir 200 palabras nuevas y equivalentes navajos adicionales para las 12 letras más empleadas en las conversaciones. Tras esta operación, el código constaba de 411 términos.
 
En el campo de batalla, nunca se llegó a poner el código por escrito, usándose exclusivamente de manera oral. Durante los entrenamientos, los navajos habían sido bombardeados constantemente con los 411 términos. La rapidez en las transmisiones era vital: no había tiempo para dudas ni vacilaciones.

En los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial

Desgraciadamente, cuando se introdujo por primera vez el código navajo, los líderes militares que se encontraban sobre el terreno se mostraron muy escépticos. Muchos de los reclutas tuvieron que demostrar la utilidad y validez del código. No obstante, a excepción de algunos casos aislados, la mayoría de los comandantes estuvieron muy agradecidos a los navajos tanto por la rapidez como por la precisión con la que sus mensajes podían ser transmitidos.
 
De 1942 a 1945, los locutores de claves navajos participaron en numerosas batallas a lo largo del pacífico, incluyendo la batalla de Guadalcanal, Iwo Jima, Peleliu y Tarawa. No sólo se ceñían al ámbito de las comunicaciones sino que combatían como soldados regulares, enfrentándose a los mismos horrores de la Segunda Guerra Mundial que el resto de compañeros en el ejército.
 
Cabe destacar que los locutores de claves navajos tuvieron que enfrentarse a problemas adicionales en el campo de batalla. Con demasiada frecuencia, los propios soldados estadounidenses los confundían con los soldados japoneses por sus rasgos faciales. El peligro de fuego amigo que suponía la alta frecuencia de las identificaciones erróneas dio lugar a que algunos comandantes asignaran un guardaespaldas a cada locutor de claves.
 
Durante tres años, en todos los lugares en los que desembarcaban los marines, los japoneses sólo escuchaban extraños sonidos sibilantes entremezclados con otros que se parecían a la llamada a la oración de los monjes tibetanos y al sonido que se produce al vaciar una botella de agua caliente: los navajos habían creado un código que el enemigo no podía descifrar.