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miércoles, 25 de febrero de 2015

LOS SECRETOS DEL FRANCOTIRADOR

Los francotiradores del Ejército español nos desvelan sus secretos

En contra de lo que muestra la película de Clint Eastwood, la labor de los tiradores de precisión no es disparar constantemente contra objetivos humanos

Día 24/02/2015 - 09.31h
 
Como cada día, el cabo Carlos Fuentes mira a través del visor de su fusil Barret mientras trata a duras penas de resistir el frío y la llovizna que, en esta mañana grisácea, le hacen compañía. Tumbado sobre la hierba, y encima de un pequeño risco, su posición es imperceptible para todo aquel que no sepa que está ahí. De repente, vislumbra a lo lejos a dos hombres. Fija el blanco y solicita a su observador, el cabo Mario Fernández, la información básica para realizar el tiro. «¿Viento?». «Nulo», responde su compañero. El soldado apunta y... no hace fuego. Primero, porque esto no es más que un ejercicio, y, segundo, porque la tarea del francotirador no es siempre causar baja al enemigo, como nos muestran erróneamente las películas
 
Tanto Carlos y Mario, como el resto de sus compañeros ataviados durante el entrenamiento con el traje de camuflaje «ghillie» (el cual, una vez puesto, les convierte en un arbusto que pasa desapercibido en el forraje) forman parte del pelotón de observación de la sección de reconocimiento del Regimiento Asturias 31. Éste, a su vez, se encuentra enmarcado en la Brigada de Infantería Acorazada Guadarrama XII. «La más potente del Ejército de Tierra», según afirman con orgullo. Como tal, la BRIAC XII (así se la conoce de forma abreviada) cuenta con unos tiradores expertos como ellos para que hagan las veces de avanzadilla y sean los ojos y los oídos de los compañeros que, tras de sí, operan en carros de combate.

La verdadera misión del «tirador de precisión»

«Al estar dentro de una unidad mecanizada, lo que más valor tiene es la información que podemos obtener del enemigo. Su entidad, los sistemas de armas que tiene a su disposición, si es capaz de abatir uno de nuestros carros?. Es más importante eso que el que delatemos nuestra posición para acabar con un solo objetivo», explica el cabo primero Carlos Nogales. Así pues, y aunque están instruidos para causar baja, estos francotiradores (o «tiradores de precisión», como prefieren que se les conozca debido a que están encuadrados en una unidad) insisten en que su labor está lejos de lo que muestran películas como «El francotirador», la cual ha llegado este fin de semana a los cines españoles de la mano de Clint Eastwood.
 
«En las películas la gente va a ver acción, si les mostraran una misión rutinaria de las nuestras en las que observarnos durante 10 o 20 horas al enemigo, nadie iría al cine, pero lo tenemos que hacer para mantener seguros a nuestros compañeros», explica el sargento Ángel Moreno. Esta idea la corrobora el teniente Sergio Velasco, quien considera que, aunque hay equipos específicos que si «sueltan a sus soldados 15 días para que cumplan un objetivo» y durante ese tiempo no tienen más remedio que hacer cosas muy peliculeras como orinar en un bote, la gran mayoría de los tiradores de élite se dedican a otro tipo de tareas menos «Hollywoodenses».
 
 
El brigada José Julio Vicente, del gabinete de Comunicación de la BRIAC XII, es de la misma opinión: «Hay un número reducido de grupos con una forma de trabajar que se acerca más al estilo de las películas, pero la nuestra es una unidad mecanizada convencional que envía a sus "tiradores" como avanzadilla a unos 10 o 20 kilómetros de la fuerza principal para que recaben información.

 Si en pleno combate se cortara la comunicación y se quedasen aislados, tendrían la capacidad y la instrucción para sobrevivir solos durante muchas jornadas, pero no es lo normal». Con todo, este es el trabajo real de la mayoría de los francotiradores españoles, una labor vital para su unidad, pero que suele ser exagerada por la factoría «Hollywood» para ganar espectadores.

Contra hombre y contra materia

Aunque suelen dedicarse a observar al enemigo y enviar los datos que recaban a la plana mayor, entre los cometidos de los tiradores de precisión se encuentra también hacer fuego, ya sea contra un sujeto o contra un «material» -como ellos llaman a objetos como una radio o una antena-. Sin embargo, su finalidad no es siempre mandar al otro barrio a un soldado o disparar a un objeto hasta que explote (algo que han puesto de moda los largometrajes), sino que a veces les basta con causar baja. «Más que eliminar, en muchas ocasiones se trata de "neutralizar": hacer fuego sobre una persona, herirla, y que cree el desconcierto cuando tenga que ser evacuada. Lo mismo sucede con un material, basta con que deje de funcionar», añade Vicente.

En el caso de los objetos, tiradores como Daniel González disponen de una mole de unos 10 kilogramos para inutilizarlos: el fusil Barret. Con un calibre de más de 12 mm. y un alcance efectivo de 1,6 kilómetros, es uno de los aliados principales del francotirador para acabar con antenas, radios o cualquier otro elemento que sea clave para el enemigo y que, una vez inutilizado, le genere confusión. La razón es sencilla: sin comunicaciones, el contrario no podrá recibir órdenes o solicitar refuerzos, por lo que será más vulnerable.

Esta parte del trabajo del tirador de precisión tampoco suele ser llevada a la gran pantalla de forma fidedigna. «En las películas queda estupendo hacer fuego entre "ceja y ceja" y a la primera, pero la realidad es diferente. Si tengo que acabar con una antena de radio o destruir un material siempre procuraré darle en su base o en su fuente de tensión, pero no me voy a preocupar por disparar dos milímetros más arriba o dos milímetros más abajo y así hacer el tiro perfecto. Es algo que se exagera mucho en el cine», determina Velasco.

Inutilizando vehículos y «cegando» carros de combate

El último cometido de estos tiradores de élite es enfrentarse a vehículos, los cuales pueden llegar a inutilizar o abatir. Para ello, deben conocer a la perfección sus características, así como sus puntos débiles y su blindaje. «No es lo mismo un coche con dos antenas, que otro con una, y más pequeña. A cada uno nos enfrentaremos de una forma diferente», destaca el teniente. Dicha necesidad hace que estos hombres realicen periódicamente cursos de reciclaje para saber cuál es la mejor forma de plantarles cara. «Es fundamental conocer a los vehículos enemigos, la información hace que sepamos el lugar al que debemos disparar, si debemos hacer fuego sobre su frente, sobre su flanco, o, directamente, no disparar», finaliza el militar.
 
 
También deben tener presente en todo momento el armamento del que dispone el vehículo y su capacidad de reacción. «Hay que saber o averiguar las armas con las que nos puede responder y su alcance. La idea es posicionarnos a una determinada distancia y así evitar su fuego. Además hay que tener en cuenta los posibles tiros que vamos a poder hacer antes de que nos detecten. Se puede dar el caso de que tengamos que acertar con el primero porque el vehículo es rápido y puede detectarnos deprisa, pero si es lento podremos hacer fuego varias veces», añade Velasco. A pesar de todo, los tiradores de precisión tiene una premisa: apretar el gatillo sabiendo que no van a desvelar su posición.
 
Pero, como bien señala el teniente, ante todo, hay que ser «realistas». Esto se debe a que, aunque es cierto que se pueden enfrentar a vehículos como el BMR, el Lince o el RG31, su objetivo no tiene que consistir en abatirlos, sino inmovilizarlos durante un tiempo disparándoles a una rueda, o crear el desconcierto «cegándolos». «Si nos encontramos con un carro de combate sabemos que no lo vamos a parar, pero podríamos hacer fuego en la óptica por la que se guía su tirador para que, aunque siga disparando, le sea más difícil adquirir objetivos», destaca Moreno. Tampoco desdeñan hacer fuego sobre sus antenas para dejar a la tripulación incomunicada o, si el jefe de vehículo se encuentra a tiro, disparar sobre él (algo que no se suele dar).

Contar las bajas, mal considerado

A pesar de que pueden enfrentarse a vehículos, entre las misiones básicas de estos tiradores se halla el abatir objetivos humanos durante su misión, algo que sí suele ganarse un hueco en películas como «El francotirador». Sin embargo, existe una gran diferencia entre los estadounidenses como Chris Kyle y nuestros tiradores de élite: el primero se vanagloriaba de las muertes que había causado en el campo de batalla y los segundos ven esta práctica como algo absolutamente deleznable. ¿La razón? Detrás de cada objetivo, de cada blanco, hay una vida humana que tiene familia y amigos.
 
 
«En España las bajas prácticamente no se certifican ni se cuentan, y no dice mucho de un tirador el que alardee de ellas. Nuestra premisa es que hay que causar el mínimo daño posible y no hay que matar si no es necesario y la misión no lo exige. Aunque, si llega el momento y hay que disparar, lo hacemos», completa Moreno. Tampoco parece que a estos soldados les guste demasiado la imagen de asesinos que les atribuyen los largometrajes como el de Eastwood. «A ninguno de los que estamos aquí nos gusta acabar con una vida, y si hay alguien que sí, debería irse», finaliza el sargento.
 
El brigada, al escuchar estas palabras, no puede evitar completarlas. «Las bajas forman parte del trabajo. Si le preguntas a un tirador de élite si ha abatido objetivos humanos te dirá que sí, pero las cuestiones nunca llegan más allá y, por supuesto, nunca te dirá el número. No llevan muescas en el fusil ni un "estadillo" o "chuletilla" contándolas, su trabajo a veces incluye hacer bajas, pero no están orgullosos del número».

La unión hace la fuerza

Otra de las imágenes recurrentes de Hollywood es la que muestra al francotirador como un lobo solitario que puede, desde infiltrarse tras las líneas enemigas sin más apoyo que su fusil, hasta combatir de forma individual contra decenas de soldados enemigos. Algo que, según los tiradores de élite de la BRIAC XII, no puede ser más falso. «En el equipo está la fuerza. Combatir en grupo es mucho más efectivo que tener a un tirador solitario en el terreno», añade el sargento.
 
Los tiradores de precisión suelen moverse a través del campo de batalla en «binomios» (equipos de dos personas) o «trinomios» (de tres). Dentro de esta pequeña familia, cada uno desempeña un rol distinto. El primero es el tirador, el soldado que hace fuego y que, en definitiva, aprieta el gatillo.
 
 
El segundo es el encargado de dar todos los datos necesarios a su compañero para que realice el tiro perfecto. «La función del observador es dar a nuestro compañero, a través de medios ópticos, información básica como la velocidad del viento o su dirección. Los elementos básicos para corregir el tiro», determina el soldado Eric Capdevila. Este segundo militar es el encargado de analizar si la presión atmosférica, la humedad o la altitud pueden provocar que se falle el tiro. Todo ello, mediante una pequeña estación meteorológica. En el caso de que así sea, es también el responsable de realizar los cálculos necesarios para que el tirador no erre.
 
El tercer miembro del equipo (cuando lo hay) es el encargado de cubrir la retaguardia de sus compañeros. Una misión nada desdeñable, pues una de las peores pesadillas de los tiradores de precisión es que ataquen su espalda. «Los trinomios se forman para responder a una hipotética agresión, ya que permiten hacer un despliegue y tener contralada la zona en 360 grados», explica Moreno. Que el grupo esté formado por tres personas permite a su vez repartir el peso que, de otra forma, debería cargar el «binomio».
 
Y es que, cada miembro porta a sus espaldas un fusil de asalto G36 (salvo uno, que carga con una ametralladora MG4), un fusil Barret o Accuracy (en el caso del que va a hacer el disparo), una pistola como arma secundaria y, finalmente y en el caso del observador, anemómetros, prismáticos, telémetro laser y otros instrumentos. En definitiva, 30 kilos a la espalda por persona que se convertirían casi en 40 si se funcionara en «binomios» en lugar de «trinomios».

No se abandona nada

Cargados con semejante peso y material, los tiradores de precisión parecen auténticos carros de combate humanos en los que abundan los correajes, las bolsas y unas gigantescas mochilas que harían las delicias de cualquier joven de los que apuestan por llevar a la espalda su casa entera cuando viajan. Con todo, cada elemento es absolutamente indispensable y puede llegar a significar la diferencia entre vivir o morir durante la contienda.
 
 
«Puede parecer que transportamos mucho armamento, pero cosas como los fusiles de asalto son esenciales. Si nos detectan y nos vemos obligados a retirarnos disparando, no lo podemos hacer con un fusil de precisión de 11 kilos como el Barret o de 10 como el Accuracy, tenemos que sacar el fusil de asalto, que nos da mayor versatilidad», determina el Moreno.
Viendo la enorme cantidad de cosas que cargan a la espalda, la pregunta es obligada: ¿Si les detectan y les persiguen con el objetivo de acabar con su vida, abandonarían el equipo para ir más rápido y salvarse? La respuesta es clara y tajante por parte de todos los tiradores: «No». «Nunca abandonan nada. Si lo hicieran habría que destruirlo para que no lo usase el enemigo. Además, lo que te da seguridad en el campo de batalla es tu fusil. Mientras lo tengas, cuentas con una posibilidad de vivir por muy mal que estén las cosas. En cuanto estés desarmado, eres hombre muerto», sentencia Vicente.

Infiltrándonos en territorio enemigo con un francotirador

El peso que cargan estos tiradores les obliga a ser ingeniosos para no ser descubiertos. Por ello, y cuando su misión consiste en observar al enemigo, se desplazan durante la noche para evitar ojos indiscretos. Cualquier pequeña luz se convierte en un enemigo que podría delatar su posición y convertirles en un blanco fácil, por lo que, si pueden elegir, prefieren que no haya luna llena a la hora de moverse. «La infiltración siempre es nocturna, la idea es que, cuando amanezca, ya debemos estar totalmente camuflados en la posición», añade el sargento.
 
Lo mismo sucede con la exfiltración (el momento en que, tras cumplir su objetivo, estos tiradores regresan al calor del «hogar» junto a sus compañeros). «La misión no se acaba hasta que regresas, y, por lo tanto, la vuelta es clave. Somos soldados con un entrenamiento muy específico y un equipo muy específico, y si caemos somos difíciles de reponer», determina Moreno.
 
Nogales corrobora a su sargento: «Las exfiltraciones se suelen hacer también de noche, aprovechando las sombras. Cuando hay sol procuramos no movernos». Finalmente, el regreso exige una coordinación extrema con sus compañeros de la base para evitar algún disparo fortuito.

El disparo perfecto

Infiltración, camuflaje? Todo ello es importante, pero ¿cómo se consigue el disparo perfecto? En palabras de los tiradores de la BRIAC XII, entrenando constantemente para luchar contra las condiciones atmosféricas, una molestia a la hora de disparar. Y es que, entre los factores que pueden impedir que una bala llegue hasta su objetivo se encuentran elementos como el calor o el frío. «Cuanto más temperatura haya dentro de unos rangos (por ejemplo, 35-45 grados) el disparo tendrá un centro de impacto superior que si la temperatura desciende. En este último caso, el centro de impacto baja», añade Capdevila. La norma, por lo tanto, es sencilla: a más calor, el disparo suele irse alto, a menos, tiende a bajar.
 
A la hora de hacer fuego, un buen tirador tampoco debe olvidarse de la influencia que tiene el aire en su disparo. De hecho, y según afirma el sargento Moreno, el mayor enemigo del francotirador a la hora de apretar el gatillo es el viento, el cual puede provocar que se falle estrepitosamente. «Estamos hablando de disparar en distancias de hasta 1.600 metros. Una pequeña desviación de unos milímetros provocada por una racha fuerte de aire pueden dar al traste con un disparo», completa el brigada.
 
 
Finalmente, el último gran reto del «tirador de élite» y de su observador a la hora de efectuar un disparo es conocer a qué distancia aproximada se halla el objetivo. La forma «sencilla» (por así decirlo) de despejar esta incógnita es mediante un telémetro láser, un aparato que envía un impulso hasta el objetivo en cuestión, rebota y, al regresar, informa de los metros que hay hasta el blanco. Pero no siempre es posible utilizar este sencillo método, pues el enemigo puede llegar a detectar al equipo debido a esta luz. Por ello, usualmente se recurre a otro sistema más artesanal.
 
«Otra forma es haciendo una sencilla ecuación que se puede llevar a cabo conociendo ?aproximadamente- el tamaño del objetivo. La regla es: "Frente aparente" (lo que crees que mide el objetivo en metros) multiplicado por 1.000 y, todo ello, dividido por el "Frente real" (lo que mide el objeto en el retículo del visor», completa Capdevila. Por lo tanto, además de tener una parte de soldados y otra de meteorólogos, también deben contar con conocimientos sólidos de matemáticas.
Cada disparo es, en definitiva, un mundo, pues el tirador de precisión y su observador están obligados a calcular y tener en cuenta todo tipo de factores. Aunque también tienen sus pequeños «trucos» para apretar el gatillo de la forma más rápida posible. «Cuando vas a efectuar un disparo no puedes ponerte a hacer decenas de cálculos. Por ello, utilizamos unas ?tablas? que, basándose en medias (qué temperatura media hay dependiendo del mes, por ejemplo) y en el tipo de munición que llevas, te hace unos cálculos previos que te facilitan mucho el trabajo», añade el sargento Moreno.
 
 
Una vez que ha entrado en juego la inteligencia, toca dar paso al físico, algo clave a la hora de disparar. «El hecho de que una persona tenga una cantidad de latidos baja es bueno a la hora de hacer el tiro, ya que se transmite menos movimiento al arma. Este objetivo solo se consigue mediante práctica y entrenamiento», completa el sargento. De esta forma, los tiradores realizan ejercicios en los que, tras llegar fatigados a la zona de disparo y subidos de pulsaciones, se ven obligados a tranquilizarse en pocos segundos y bajarlas para hacer fuego de forma idónea.
 
Todo este entrenamiento específico -así como sus capacidades naturales- hacen que los tiradores de precisión de la BRIAC XII estén muy bien considerados a nivel internacional. «Estamos igual de bien preparados que ejércitos como el americano. Somos, como mínimo, igual de buenos, aunque las comparaciones son odiosas y preferimos no hacerlas. Otros ejércitos tendrán más munición, fusiles más caros o dispararán más, pero nosotros somos igual de válidos y, personalmente, me iría mañana a la guerra con cualquiera de mis compañeros porque han demostrado de sobra sus capacidades», finaliza el teniente Velasco.

Seis errores recurrentes sobre los francotiradores

1-En España los tiradores de élite no cuentan las bajas que realizan en combate. De hecho, es una práctica mal vista en los ejércitos de nuestro país.
 
2-La labor del tirador de precisión español suele estar relacionada con adquirir toda la información posible sobre el enemigo, aunque están preparados para disparar si la situación lo requiere.
3-A pesar de lo que sale en las películas, los tiradores de precisión suelen disparar a una distancia máxima de 1.600 metros.
 
4-Los tiradores de precisión españoles nunca trabajan en solitario. Son un equipo y siempre acuden al campo de batalla en binomios o trinomios. A pesar de lo recurrente que es ver en algunas películas a los francotiradores solos, no se funciona así en la vida real.
 
5-El peor enemigo de un francotirador no es un vehículo, es otro francotirador. A la hora de disparar, por el contrario, el viento es la mayor dificultad a la que se enfrenta.
 
6-El objetivo del francotirador no es siempre abatir un blanco, sino que en ocasiones busca sólo neutralizarlo (que cause baja, para lo que no hay que matarle, sólo herirle con el objetivo de que sea evacuado). Esto puede generar a veces mayor desconcierto que la propia muerte.
 
 
 
 

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