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jueves, 22 de enero de 2015

UNA HISTORIA DE AMOR EN EL INFIERNO DE AUSCHWITZ

Amor en tiempos de guerra



Un miembro de las SS, Franz Wunsch, se enamora de una mujer judía eslovaca prisionera en el campo de Auschwitz llamada Helena Citrónová y le ayuda salvando a su hermana que también llegó deportada al campo después que ella.

 En el campo, el también miembro de las SS, Gerhard Arno Max Palitzsch con el rango de Hauptscharfürer de las SS ( equivalente a capitán ) no tuvo tanta suerte como Franz, después de saberse que tuvo relaciones con una mujer judía, se le sometió a un consejo de guerra que le condenó al campo penal de Matzkau ( Gdansk, Polonia ) y después enviado al frente del este donde murió en combate. ( Hungría 1944 )

 El campo de Auschwitz era un enorme complejo de campos que se dividían en : Auschwitz I Stammlager o campo principal ; Auschwitz II Birkenau, también le llamaron el molino de huesos ; Auschwitz III Monowitz buna, donde la mayoría de los prisioneros trabajó en las numerosas empresas que allí se instalaron, como por ejemplo la IG Farben, que producía caucho sintético para el esfuerzo de guerra.

 A su vez, los tres campos se dividían en 45 subcampos, hasta tal punto tenían una gran extensión que muchos prisioneros no conocieron nunca otras zonas de Auschwitz .



La relación entre Helena Citrónová y Franz Wunsch es uno de los episodios más extraordinarios de la historia de Auschwitz. Helena llegó a Auschwitz en marzo de 1942 en uno de los primeros transportes enviados desde Eslovaquia. Su experiencia inicial en el campo no
fue nada fuera de lo común: una historia de hambre y abusos físicos. Durante los primeros meses trabajó en un comando exterior demoliendo edificios y cargando escombros. Dormía sobre paja infestada de pulgas y miraba aterrorizada cómo las demás mujeres que la rodeaban comenzaban a abandonar toda esperanza y a morir.

 Una de sus mejores amigas fue la primera que perdió la vida. Ella, cuenta Helena, «vio todo lo que la rodeaba» y dijo: «no quiero vivir un minuto más». A continuación la joven comenzó a gritar de
manera histérica y entonces los SS se la llevaron y la mataron.

 Helena comprendió —al igual que otros— que para sobrevivir necesitaba encontrar trabajo en un comando físicamente menos exigente.

 Otra mujer eslovaca a quien Helena conocía se encontraba en ese momento trabajando en el «Canadá» y le sugirió una forma de entrar allí: si Helena estaba dispuesta a ponerse la pañoleta
blanca y el vestido a rayas de una de las trabajadoras del comando «Canadá» que acababa de morir, podría unírseles y trabajar al día siguiente dentro de los barracones donde se clasificaba la ropa. La
muchacha hizo exactamente lo que su amiga le aconsejó, pero por desgracia la Kapo advirtió que ella era una «infiltrada» y le aseguró que al regresar al campo principal sería trasladada al Comando Penal. Helena sabía que ello equivalía a una sentencia de muerte:

«Pero no me importó, porque pensé: "Bueno, al menos pasaré un
día bajo techo"».

Sin embargo, el primer (y potencialmente último) día de Helena en el «Canadá» coincidió con el cumpleaños de uno de los hombres de la SS encargados de supervisar el trabajo en el barra-
cón de clasificación. Ese hombre era Franz Wunsch. «Durante la hora de la comida —cuenta Helena—, ella [la Kapo] nos preguntó si alguna de nosotras sabía cantar o recitar algo bonito, pues ese día era el cumpleaños del hombre de la SS. Una muchacha griega, llamada Olga, dijo que ella sabía bailar, y que podía bailar sobre una de las grandes mesas donde doblábamos la ropa. Y como yo tenía una voz muy hermosa, la Kapo quiso saber si de verdad podía cantar en alemán. Pero yo dije que no, porque no quería cantar allí.

 Sin embargo, me obligaron a hacerlo. Así que canté para Wunsch con la cabeza mirando hacia abajo, sin atreverme a mirar su uniforme. Yo lloraba mientras cantaba y de repente, al terminar la canción, lo escuché decir "Bitte". En voz baja, me pidió que volviera a cantar ... Y las muchachas decían: "Canta, canta, tal vez así te deje quedarte aquí". Y entonces volví a cantar la misma canción, una
canción alemana que había aprendido [en la escuela]. Fue así como él se fijó en mí, y a partir de ese momento, creo, se enamoró. Eso fué lo que me salvó.»
 
Wunsch solicitó a la Kapo que se asegurara de que la muchacha que acababa de cantar para él de forma tan memorable regresara  al día siguiente a trabajar en el «Canadá», y con esta petición
le salvó la vida a Helena, quien se libró de ir al Comando Penal y se convirtió en trabajadora fija del centro de clasificación. No obstante, mientras Wunsch la miraba con dulzura desde su primer
encuentro, al principio Helena lo «odiaba». Ella había oído que él podía ser violento, pues otras internas le habían contado el rumor de que había matado a un prisionero que se dedicaba al contra-
bando. Sin embargo, con el paso de los días y las semanas, Helena observó que él continuaba tratándola con amabilidad. Y cuando Wunsch tuvo una licencia se las arregló para enviarle cajas de «galletas», que le eran entregadas utilizando como intermediario a un pipel (los jovencitos que trabajaban como criados de los Kapos). Y a su regreso, Wunsch empezó a hacer algo aún más atrevido: enviarle notas. «Cuando volvió al barracón donde trabajábamos pasó a mi lado y me lanzó una nota y yo tuve que destruirla enseguida, pero alcance a ver que decía: "Amor. Estoy enamorado de ti". Me sentí miserable. Pensé que prefería estar muerta a estar con alguien de la SS.»
Wunsch tenía su propia oficina dentro del «Canadá» e intentó inventar excusas para conseguir que Helena viniera a verlo.
 
 En alguna ocasión, le pidió que le arreglara las uñas. «Estábamos solos», cuenta Helena, «y entonces me dijo: "Arréglame las uñas para que pueda verte durante un minuto". Y yo le dije que no: "En absoluto, he oído que mataste a alguien, a un joven, junto a la alambrada". El siempre sostuvo que eso no era verdad ... Y le dije: "No me traigas a este lugar ... ni manicuras, nada. Yo no hago manicuras". Entonces me di la vuelta y le dije que me marchaba: "No puedo verte nunca más". Pero él me gritó, de repente se había convertido en un SS: "Si pasas por esa puerta no vivirás". Y sacó su pistola y me amenazó con ella. Me amaba, pero su honor y su orgullo habían sido heridos: "¿Qué pretendes al marcharte sin mi autorización?". Entonces le dije que me disparara: «¡Dispárame! Prefiero morir a Jugar este doble Juego". Y él, por supuesto, no lo hizo,y yo abandoné la habitación.»
Sin embargo, con el tiempo Helena empezó a entender que, por increíble que le pareciera en un primer momento, podía contar con Wunsch. Conocer lo que Wunsch sentía por ella le daba
cierta «sensación de seguridad.
 
Yo pensaba: "Esta persona no permitirá que me pase nada"». Esta emoción se haría más compleja el día que se enteró, gracias a una compañera eslovaca, de que habían visto a su hermana Rózinka y sus dos hijos en el campo y, peor aún, que los habían llevado al crematorio. Helena escuchó estas
devastadoras noticias después del trabajo, cuando se encontraba ya en su barracón en Birkenau. A pesar del toque de queda, salió de su bloque y corrió hasta el crematorio, que estaba más o menos
cerca. Poco tiempo después, Wunsch fue informado de lo que ella pretendía hacer y la alcanzó de camino al crematorio. Lo primero que hizo fue gritar a los demás miembros de la SS que ella era
«una excelente trabajadora en su almacén», y luego la tiró al suelo y empezó a golpearla por haber quebrantado el toque de queda, de modo que ninguno de los SS que estaban cerca pudiera llegar a
pensar que existía alguna relación entre ambos. A Wunsch le habían dicho que Helena se dirigía al crematorio porque su hermana había sido llevada allí, así que le preguntó:
 
«Rápido, dime el nombre de tu hermana antes de que sea demasiado tarde». Helena le dijo que su hermana se llamaba Rózinka y que, según le habían informado, había llegado con sus dos hijos pequeños.
 
 «¡Los niños no pueden vivir aquí!», le dijo él antes de entrar corriendo en el crematorio.Wunsch consiguió encontrar a Rózinka en el edificio y sacarla fuera de allí con la excusa de que era otra de sus trabajadoras.

 Sin embargo, sus dos hijos murieron en la cámara de gas. Wunsch las arregló luego para que Rózinka pudiera trabajar junto a Helena en el «Canadá». «Mi hermana no podía entender en qué lugar se hallaba —sostiene Helena—. Se le dijo que debía trabajar y que sus hijos habían sido llevados a un jardín infantil:

 la misma clase de estos edificios estaba el lugar en que vivían los niños. "¿Y puedo ir a visitarlos?", quiso saber. Y yo le respondí: "Hay días en que te dejan hacerlo".»
 
Las demás mujeres que trabajan en el «Canadá» observaron lo mucho que estaban afectando a Helena las constantes preguntas de su hermana sobre el destino de sus hijos. Así que un día le dijeron
a Rózinka: «¡Deja de dar la lata! Los niños se han ido. ¿Ves el fuego? ¡Es allí donde queman a los niños!». Rózinka quedó conmocionada. Se volvió apática y «perdió todo deseo de vivir». Fueron
los cuidados y la atención constante de Helena los que le permitieron sobrevivir durante los siguientes meses.
 
Aunque destruida emocionalmente tras comprender que sus hijos habían sido apartados de su lado para ser asesinados, Rózinka tenía la suerte de estar todavía viva. Y, gracias a la protección de su
hermana, sobrevivió a la guerra. Las demás trabajadoras del «Canadá» las miraban con sentimientos encontrados. «Mi hermana estaba viva y las suyas no —dice Helena—. La cuestión era que mi hermana había llegado y que él [Wunsch] había salvado su vida. ¿Por qué semejante milagro no les había ocurrido a ellas, que, en cambio," habían perdido todo su mundo, sus hermanos, sus padres, sus hermanas? Incluso aquellas que se alegraban por mí no se alegraban tanto. No podía compartir lo que sentía con mis amigas. Les tenía miedo. Todas sentían envidia, me envidiaban. Una de ellas, una mujer muy hermosa, me dijo un día: "Si Wunsch me hubiera visto antes que a ti, se habría enamorado de mí".»

Los sentimientos de Helena hacia Wunsch cambiaron radicalmente después de que éste salvara la vida de su hermana: «Con el paso del tiempo, llegó un momento en que de verdad lo amé.
Arriesgó su vida [por mí] más de una vez». No obstante, esta relación nunca llegó a consumarse, a diferencia de lo ocurrido con otras en Auschwitz: «Los prisioneros judíos se enamoraban de
toda clase de mujeres mientras trabajaban. Y de vez en cuando desaparecían en los barracones en los que se doblaba la ropa para practicar el sexo allí. Cuando lo hacían tenían a alguien vigilando
de tal manera que si algún SS se acercaba pudieran ser advertidos.

Yo no pude porque él [Wunsch] era un SS». Su relación consistió en miradas, palabras pronunciadas deprisa y notas garabateadas: «Giraba a la derecha y a la izquierda, y cuando veía que no había nadie que pudiera escucharnos, me decía: "Te amo". El me hacía sentir bien en ese infierno. Me animó. Eran sólo palabras, muestras de un amor loco que nunca podría hacerse realidad.

Ningún plan habría podido hacerse realidad allí. No era realista. Pero había momentos en los que me olvidaba de que era judía y de que él no era judío. De verdad... y lo amaba. Pero no podía ser real. Allí pasaban muchas cosas, amor y muerte, sobre todo muerte». Sin embargo
con el tiempo «todo Auschwitz» estuvo enterado de los sentimientos de ambos, y fue entonces inevitable que alguien informara sobre ellos. Si quien lo hizo fue un prisionero o un miembro de la SS es algo que no sabremos; pero el hecho, como dice Helena, es que«alguien se chivó»
Un día, mientras se dirigía de regreso al campo después de trabajar, una Kapo ordenó a Helena apartarse de la fila. Luego fué trasladada al bunker de castigo en el Bloque 11. «Todos los días me
sacaban y me amenazaban diciéndome que si no les contaba que había pasado con este soldado de la SS, me matarían en ese mismo instante.

Yo permanecía de pie e insistía en que nada había ocurrido.» Wunsch había sido arrestado al mismo tiempo y, al igual que Helena, negó al ser interrogado que existiera cualquier tipo de relación entre ambos. Los interrogatorios prosiguieron durante cinco días, tras los cuales los dos fueron liberados. Helena fue posteriórmente «castigada» y obligada a trabajar sola en una sección de le barracones del «Canadá», lejos de las demás mujeres, y desde entonces Wunsch tuvo la precaución de mostrarse más circunspecto en sus intercambios con ella. Sin embargo, como veremos en la última parte de esta historia Wunsch siguió protegiendo a Helena y su hermana hasta que Auschwitz dejó de existir.

EPÍLOGO

Hacia el final de la guerra en el campo de Auschwitz se produjo la evacuación.

 Vestidos con las prendas ligeras que los nazis les proporcionaban en el campo, las cuales, evidentemente, no ofrecían protección adecuada contra la nieve y el viento glacial del invierno polaco, los prisioneros fueron evacuados de Auschwitz y reunidos en la carretera para comenzar la marcha. En ese momento el SS Franz Wunsch tuvo el último gesto hacia la mujer que amaba, la prisionera judía Helena Citrónová. Mientras Helena, temblando de frío,esperaba junto a su hermana Rózinka el inicio de la marcha, cerca de las puertas del campo, Wunsch le trajo «dos pares de zapatos calientes: botas forradas en piel. Todos los demás, pobres, tenían zuecos rellenos con periódicos. El ponía realmente en peligro su vida [al dárnoslas]». Wunsch le dijo que a él lo enviarían al frente,
pero que su madre, que vivía en Viena, se ocuparía de ella y de su hermana porque, siendo judías, al final de la guerra no tendrían «ningún lugar al que ir».

El alemán introdujo un pedazo de papel con la dirección de su madre en la mano de Helena, pero una vez se hubo marchado ésta recordó las palabras de su padre: «No olvides quién eres». Su padre le había subrayado que tenía el deber de recordar —«soy un judío y tengo que seguir siendo un judío»—, y, en consecuencia, se deshizo de la dirección de la madre de Wunsch.

 Nunca más se volvieron a ver..

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