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domingo, 10 de agosto de 2014

GAGOMILITARIA NOTICIAS.-DOS ESPAÑOLES COMBATIENDO EN LA BATALLA DE DONESTSK

Dos españoles en la batalla de Donestsk 'sin billete de vuelta'



El ejército de Kiev está avanzando posiciones, hoy han incrementado los bombardeos y hemos tenido que darnos media vuelta cuando íbamos a un bosque de las afueras para las prácticas de tiro. No sé cuánto vamos a aguantar». Al otro lado del hilo telefónico, en el Donbass, la región más caliente de la guerra civil ucraniana, Ángel, con 22 años se juega la vida por su ideología, tatuada en el costado: Lenin en el derecho, Stalin en el izquierdo. Cambió su sueño de viajar a Cuba por «combatir el fascismo» con una AK 47 en sus manos. Por eso se gastó 500 euros en viajar a Ucrania en la zona de los rebeldes prorrusos.Y no es el único español allí. Recorrió más de 3.000 kilómetros hasta Donetsk junto a su camarada, Rafa, de 27, quien para recaudar dinero para el viaje vendió su coche.

Ángel Arribas Mateo y Rafael Muñoz Pérez, de Cartagena y Asturias, se han unido a las milicias más violentas y sanguinarias, según el Gobierno de Kiev: los prorrusos del batallón Vostok (Oriental), especialista también en derribar cazas. Luchan por el Estado federal de Nueva Rusia, una confederación de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk. A 90 kilómetros de la frontera rusa, el fuego de mortero no cesa. El pasado lunes, Kiev anunció una inminente ofensiva contra Donetsk a la vez que abría corredores humanitarios para la evacuación de civiles. Y en este escenario, pese a carecer de experiencia militar, se muestran excitados los españoles entre prácticas de tiro y la búsqueda de telas para bordar una bandera de la II República en la que rotular «No pasarán». «Sí, aquí nos tratan como a reyes», proclama Ángel, el más hablador.

La tragedia de Odessa, en la que murieron más de 40 personas, supuso para Ángel un punto de inflexión en su vida. «No podía soportar ver aquella barbarie y no poder hacer nada. Si hubiera pasado en España yo podría haber sido uno de aquellos muertos», reflexiona por Skype. Viviendo con sus padres, tomó los ahorros que iba a emplear para buscar trabajo en Inglaterra, dejó sus estudios de informática y se enroló en la milicia. Antes de llegar a las juventudes del Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) estuvo en las del Partido Comunista (PCE), que forma parte de Izquierda Unida. En esa coalición militaba ya Rafael, trabajador social y socorrista profesional de 27 años. Su decisión de irse a la guerra viene de antes. «Desde España no se podía hacer nada y pensé que mis conocimientos de primeros auxilios serían de ayuda allí». Contactaron por las redes sociales y a principios de julio ya estaban en Madrid para tomar el 23 el avión que los llevaría a la guerra.

'Uno de los comandantes incluso me quiere casar con su hija, que tiene sólo 12 años', dice Ángel Arribas
 
Llegar a Donetsk, en el extremo sureste de Ucrania, no fue fácil. La compañía aérea perdió las maletas y al aterrizar en Kiev no sabían si continuar. Esperaron y al quinto día decidieron marcharse. Por suerte, apareció su equipaje a tiempo. Ya en la estación de trenes, preguntando por su vagón, el revisor los retuvo. «De inmediato aparecieron los servicios secretos armados con metralletas. Nos separaron y empujaron a vagones distintos», recuerda Ángel. Allí los registraron, interrogaron y grabaron sus registros de llamadas. «Pasamos mucho miedo, nos gritaban y repetían en inglés las mismas preguntas una y otra vez: "¡¿Cómo te llamas?! ¡¿Por qué vais al este?! ¡¿Cuáles son vuestros planes?"» Pero los chicos estaban preparados y habían estudiado un guión común. Los dejaron marchar, pero a un alto precio: tuvieron que firmar un documento que los convertía en criminales en caso de volver a Ucrania. «Nos intimidaron, no tuvimos otra opción» Y tras la rúbrica, los amenazaron. «Como volváis a Ucrania, os fusilamos».

La llegada a la zona rebelde

Cuando el tren se puso en marcha y se acomodaron junto a la ventanilla, un joven de un grupo de cabezas rapadas que ya les había fichado en el andén reparó de nuevo en ellos. «Con tranquilidad, mientras el tren se marchaba hacia el este, el chaval imitó con sus dedos dispararnos con una pistola». ¿Miedo?No, excitación y una certeza: «No tenemos billete de vuelta».

El viaje de ocho horas fue tranquilo, aunque la pareja de españoles lo vivió en total tensión. Temían que el ejército ucraniano les esperara al llegar a Yasynuvata, final de su trayecto. Para su su alivio, la zona estaba fuertemente controlada por las fuerzas prorrusas. «Al llegar fue una gran sorpresa para todos. Cuando dijimos que éramos comunistas españoles, ellos flipaban». Uno a uno, los milicianos les estrechaban efusivamente la mano a la voz de «¡No pasarán!» y los alojaron en una habitación privada junto a la del comandante mientras el resto dormía acuartelado en literas. «Nos tratan como reyes, no nos dejan hacer casi nada y nos pagan lo que nos haga falta. ¡Un subcomandante hasta me quiere casar con su hija, de 12 años!», dice Ángel.

'Si la cosa se pusiera fea escaparíamos a Rusia y desde allí pediríamos asilo a Cuba o Venezuela', aseguran.
 
Todos los días se levantan a las 06.00 y salen al patio, donde se hace un informe de la situación. Pero estos dos brigadistas -así se sienten ellos, como los que vinieron a la Guerra Civil española-todavía no comprenden casi nada. El cocinero, que sabe algo de inglés, intenta enseñarles ruso. Sólo conocen el apodo de su comandante, al que llaman Dusman. Éste escucha atento las aportaciones de antiguos fontaneros, electricistas y maestros que ahora empuñan armas y cuyas edades oscilan entre los 20 y 60 años. Tampoco tienen la menor idea sobre la organización del batallón. Ángel es sincero: «Hay cosas que nos gustaría saber, pero como no conocemos bien el idioma, todavía no hemos preguntado. Por lo que vemos, los que mandan son los que tienen más experiencia en la milicia, nada más». A las 08.00 desayunan. Es la comida más fuerte del día: un plato de arroz con carne y ensalada de col, pepino y remolacha. El resto de la mañana suele ser tranquila; hasta pasan parte de ella en un gimnasio para hacer deporte y ponerse en forma.

Ángel y Rafael no han entrado en combate, pero sabían a lo que venían. Se preparan para ello en su instrucción con prácticas de tiro. «Jamás pensé que podría usar un arma pero estamos en una zona de conflicto y necesitamos saber cómo defendernos», dice Rafael. Por la cabeza de Ángel tampoco pasó la idea de empuñar un arma «y menos en un país extranjero», pero es más contundente: «Entraré en combate si es necesario para defender a este pueblo frente a los bastardos fascistas». La mejor prueba de que los cuidan bien son los modernos kalashnikovs que les han proporcionado. No todos tienen ese honor: muchos de sus compañeros llevan armas de la II Guerra Mundial restauradas, muchas de ellas sacadas de museos.

Mientras visitaban la estatua de Lenin y los monumentos soviéticos, los milicianos les conminaron a bordar una bandera para estar bien representados. Así, a lo largo de la semana han ido recorriendo mercadillos buscando telas para coser la bandera de la Segunda República que ahora lucen orgullosos. A pesar de ser una ciudad asediada, a ellos les sorprende la normalidad que, dicen, impera. «No hay policía y sin embargo no hay ningún tipo de problema. Soy comunista, pero si esto es el anarquismo, yo me cambio», bromea Ángel.

-¿Combatiréis hasta el final o tenéis algún plan si la situación empeora?

-No sabría qué decirte. Éramos conscientes del riesgo que asumíamos. Imagino que si la resistencia sucumbe, ambos tenemos claro que no pensamos inmolarnos aquí. Si vemos esto perdido o no queda población civil, nos marcharíamos-, dice Rafael.

Pero Ángel, al que se le ve en su salsa entre los rebeldes independentistas y prorrusos, añade convencido: «Si ganásemos la guerra, yo me quedaría aquí a vivir... Nos han ofrecido hasta vivienda y coche propio».

La realidad no parece que vaya a permitir ese deseo. El ejército ucraniano está rodeando la ciudad y las bombas que antes llovían sobre los barrios de Petrovski y Budionnovski, de la periferia, impactan ahora en el centro de la ciudad. El pasado jueves, varios proyectiles cayeron sobre el Hospital Central de Donetsk.

A las 19.30 vuelven todos a la base. Es la hora de la cena y ya anochece. Tras una comida menos copiosa, se apagan todas las luces y se recogen en los barracones. Desde el miércoles, bombarderos y drones sobrevuelan el cuartel. Cuando uno pasa sobre el tejado, salen del edificio para no quedarse sepultados si son atacados. «Si la cosa se pone fea intentaríamos cruzar la frontera rusa. Si no nos dejan volver a España, pediríamos asilo a Cuba o Venezuela», dice Ángel. Así empezó, soñando con sumarse a la revolución de la isla de Fidel.


 

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