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viernes, 13 de noviembre de 2015

LA DIVISION AZUL: "LO DIMOS TODO SI PEDIR NADA A CAMBIO"

Recuerdos del Frente Este: 'Lo dimos todo sin pedir nada a cambio'

Un grupo de voluntarios españoles transportando leña a su campamento
"Aquello fue una explosión de juventud, pero sin pretensiones de ningún tipo. La mayoría fuimos por ideales. Lo dimos todo sin pedir nada a cambio". Así resume Juan José Sanz Jarque el espíritu de la División Azul. Tras cursar el bachillerato en Zaragoza -donde coincidió con Manuel Alvar y Fernando Lázaro Carreter-, había comenzado a ejercer como maestro nacional interino en Martín del Río (Teruel). Cuando escuchó por radio la arenga en la que Serrano Súñer pronunció la frase "Rusia es culpable", algo se le removió por dentro: "Entendí, como la mayoría, que alistarse era la forma de luchar contra el comunismo. Contra todo lo que había visto en mi pueblo, Castell de Cabra, en Teruel. En 1932 había habido un estallido bolchevique, quemaron los archivos y quisieron matar al cura; dejamos de estudiar la Constitución, se cantaba La Internacional y se izaba la bandera de la hoz y el martillo. Y, por supuesto, lo que vi después, durante la guerra. Aquella frase de Serrano Súñer me impactó".
Como otros miembros aragoneses de Acción Católica, se presentó en el banderín de enganche de Zaragoza. No fue fácil que le aceptaran: "Al ser menor de edad, me rechazaron porque no llevaba el permiso paterno. Pero me enteré de que el jefe provincial de Falange también firmaba las autorizaciones, así que fui a verle, me la firmó y me dijo: 'Que tenga usted mucha suerte'".
Partió el 15 de julio de 1941 desde la capital aragonesa con un grupo de voluntarios en el que había un alto porcentaje de universitarios. Entre sus recuerdos, la imagen de su grupo rezando el rosario en silencio en el tren. Encuadrado en el Tercer Batallón del Regimiento 263, defendió con su unidad la cabeza de puente establecida en el río Vóljov: "Recuerdo cómo se convirtió en cuestión de horas en una carretera helada. Los tanques no se hundían al pasar". Tampoco olvida el tremendo coste en vidas: "Nos dolía mucho la pérdida de compañeros, pero teníamos que seguir adelante. Nuestra generosidad no decayó. De los 800 que éramos, sólo 32 salimos de allí por nuestro propio pie".
Pasó unas semanas en España, libre de servicio, pero regresó al frente: "Aún me pregunto por qué volví, si habíamos sido prácticamente aniquilados. Quizá por un cierto sentido de la responsabilidad. En la primera escaramuza en Nóvgorod oí disparos de artillería y me dio un vuelco el corazón, pero fue un golpe emotivo puntual. Jamás pensé en morir y jamás tuve miedo. Lo que dan miedo son las revoluciones, donde todo está descontrolado, pero una guerra es otra cosa". No obstante, reconoce que se vive al límite: "Una vez llegamos a una posición en la que había un fuerte olor a pólvora y a quemado, muertos, sangre, material abandonado, y un estremecedor silencio. Alemanes y rusos se habían aniquilado. Si hubiésemos llegado un poco antes, no habríamos salido vivos de allí". A su regreso, tuvo claro que iniciaría una vida civil sin aprovecharse de su condición de divisionario, por respeto a los compañeros. Fue abogado y vinculó su vida a la docencia, como catedrático de Derecho agrario en la Universidad Complutense de Madrid.
También tenía diecisiete años Santiago Hernández, jefe de la centuria de cadetes "Leones de Castilla" del Frente de Juventudes cuando se alistó en Madrid como voluntario. Formó parte del primer contingente, que salió de la estación del Norte. Se fue sin permiso, y sólo informó a su familia cuando ya estaba en Hendaya, camino del campamento de Grafenwöhr, donde aprendió el manejo de las arma alemanas. Formó parte del 2º Batallón, 5ª Compañía del Regimiento 269 o "Román", considerado uno de los más combativos. Entre sus recuerdos más vívidos, el de los 53 grados bajo cero en su primer invierno en el frente.
Fue herido el 24 de agosto de 1942 por una ráfaga de fusil ametrallador en Kotowich, cuando llevaba un parte por un ataque enemigo. "Me llevaron al hospital de sangre de Grigorovo y luego al hospital hispano-alemán de Liuban. Sufrí fractura de cúbito y radio y llevaba la mano prácticamente desprendida, separada del brazo. Me dijeron que tenían que amputar, pero en Riga un comandante me la salvó. Yo sólo me acordaba de mi madre. Un tribunal médico me dio no apto para el servicio de armas y después de pasar por Hof, en Baviera, regresé a España". Berlín le adjudicó una pensión, y al llegar a Madrid recibió el título de Caballero Mutilado -que le reconocía una incapacidad parcial, una pensión y una indemnización- y tiempo después empezó a trabajar en el Instituto Nacional de Previsión. "Salí de Madrid como un niño y regresé hecho un hombre, porque conocí veteranos que habían hecho otras guerras y además vi cosas atroces, sobre todo en Possad. Aquello fue espantoso".
José Miranda ya conocía el horror de la guerra cuando partió en la primavera de 1942 para cubrir bajas, dado que había participado en la contienda española como alférez provisional en el ejército franquista. Destinado en el Tercer Batallón del Regimiento 263, participó en el cerco de Leningrado y fue ascendido a teniente. Como a sus compañeros, sólo le guiaba una motivación: "Fui a luchar contra el comunismo, a devolverles visita". Se incorporó al sector Sapolge-Teremez: "Llegamos en pleno deshielo. Tuvimos que pasar por suelos enfangados, rodeados de nubes de mosquitos. Llevábamos mosquiteras que nos cubrían hasta las rodillas".
A Miranda le acompañó la suerte. Pudo contar una de esas anécdotas que inspiran novelas o guiones de cine: "En el transcurso de un fuego cruzado en el sector de Pushkin, sentí perforada mi cantimplora, llena de coñac español. Me salvó la vida". También sobrevivió a la Batalla de Krasny Bor. Regresó a España para incorporarse a la Academia de Guadalajara en septiembre de 1943, y prosiguió su carrera militar profesional en infantería hasta alcanzar el grado de coronel, destinado en Toledo.
En general, los divisionarios supervivientes evocan los episodios bélicos vividos con notable capacidad descriptiva, aunque suelen eludir los detalles escabrosos. Apenas usan las palabras "nazi" o "derrota". Sus recuerdos destilan orgullo pero también están matizados por el tiempo.
Sanz Jarque, de 90 años, ha visitado Rusia en varias ocasiones. "Regresé hace unos años a Nilitkino y allí sólo hay una gran pradera, poca gente sabe que la mayoría de los aragoneses caídos están allí, bajo tierra. En Aragón deberían tenerlo en cuenta". También estuvo en el homenaje de 1997 a la División Azul en el cementerio de Pankovka, a las afueras de Nóvgorod. Y reflexiona: "Los supervivientes somos beneficiarios, no héroes. Los verdaderos héroes son los que se quedaron allí".
Hernández, que sigue sufriendo las secuelas de aquella herida de guerra que casi le deja manco, coincide con Sanz: "¿Héroes? Me sonroja un poco. Héroes fueron los que murieron". Permanece intacto su orgullo por haber sido divisionario, como inamovible permanece su pensamiento: "A pesar de que hubo más momentos malos que buenos, habría vuelto a hacerlo si se hubiesen dado las mismas condiciones de entonces". Ve con buenos ojos que se publiquen libros y se hagan reportajes: "Se habla ahora más de la División que cuando regresamos de Rusia".
Miranda, miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, y tan lúcido, a sus 95 años, como sus compañeros, concluye: "Fueron vivencias en momentos difíciles. Cayeron muchos compañeros, pero el tiempo va sedimentándolo todo. Los recuerdos son ya lejanos, era otro ambiente, otra época. ¿Cómo explicarlo a las nuevas generaciones?".
*Publicado en el Nº163 de La Aventura de la Historia

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