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jueves, 12 de febrero de 2015

EL ÚLTIMO DEL USS ARIZONA

Joseph Langdell, último oficial del ‘USS Arizona’

El marino al que el destino salvó de morir en su buque porque estaba en tierra durante el ataque japonés a Pearl Harbor fallece centenario



Joseph Langdell, con su uniforme blanco en su casa de Yuba City. / Ted Langdell (AP)
 
Joseph Langdell, el último oficial que quedaba vivo del malhadado acorazado USS Arizona, ese inmenso ataúd, no fue un héroe pero estuvo en Pearl Harbour, vio el infierno desatado y sobrevivió para contarlo, hasta los cien años. Murió el pasado 4 de febrero en una residencia en el norte de California. Conforme a su deseo sus cenizas serán enterradas en su viejo barco hundido, convertido en Memorial de Guerra. Langdell acabará reposando así en donde hubiera estado desde hace tres cuartos de siglo, de no haberlo salvado entonces el destino.

Aquella mañana del 7 de diciembre de 1941, día que el presidente Franklin Delano Roosvelt bautizó para la posteridad como una fecha que pervivirá en la infamia, las fuerzas armadas imperiales japonesas lanzaron un ataque por sorpresa y sin previa declaración de guerra contra la base naval de EEUU de Pearl Harbour, en las islas Hawai, donde se encontraba anclada buena parte de su flota del Pacífico. Los enjambres de aeroplanos que multiplicaban letalmente el amanecer con la insignia del sol naciente en las alas, despegados de sus portaviones ocultos en la inmensidad del océano, a 274 millas de la costa de la isla de Oahu, se materializaron sobre los barcos alineados y las instalaciones militares estadounidenses como salidos de la nada.

En dos oleadas de rugiente destrucción, (7:53 y 8:55) 353 bombarderos, torpederos y cazas (con la casi testimonial ayuda de un puñado de minisubmarinos) arrasaron la base y desencadenaron cuatro años de horrores indecibles, una verdadera tormenta de sangre, acero y espanto, que no se cerraría sino con el estruendoso portazo definitivo de las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.
Los japoneses se lo jugaron el todo por el todo en Pearl Harbour –incluso su honor: qué difícil conciliar la traición con el bushido- y la historia nos enseña que pese a la euforia inicial del “¡tora, tora, tora!” perdieron: los portaviones que después los derrotarían en Midway no estaban y de los ocho grandes acorazados que lograron hundir (cuatro) o dañar, seis pudieron ser reparados y volvieron a entrar en servicio durante la guerra. Flaco consuelo, es cierto, para los 2.403 estadounidenses muertos en el ataque, la mitad, 1.177, en el pavoroso hundimiento del USS Arizona, que literalmente reventó al explotar su polvorín alcanzado por una de las bombas perforantes de los bombarderos Nakajima B5N Kate que fueron su aérea némesis.

Langdell, decíamos antes de este preludio de fuego, vio eso. Pasar los Zeros ametrallando, aullar los bombarderos en picado Aichi, burbujear los torpedos en sus mortíferas estelas. Toda la estridencia apocalíptica del ataque disuelta en la humareda que oscureció el cielo preñada de gritos y sirenas. Las retinas del marino conservaban imágenes que para la mayoría de los mortales solo existen en el celuloide de los documentales y películas. Era entonces solo un joven alférez de 27 años que formaba parte de la dotación del USS Arizona pero que estaba entonces de servicio en la orilla. Le despertó el pandemónium del ataque y al salir fuera de su barracón vio su barco explotar y hundirse “en solo nueve minutos”. Joseph Langdell era consciente de que el destino le salvó la vida. “Si hubiera estado a bordo habría muerto sin duda en la torreta número 2, que era mi puesto en el acorazado. Esa torreta saltó por los aires”. Langdell no fue uno de los pocos que aquel día dispararon contra los atacantes, derribaron alguno de la treintena de aviones japoneses (de más de 400) –ocho pilotos estadounidenses lograron despegar, cerca de 200 aviones fueron destruidos en tierra- o se hicieron acreedores a la Medalla de Honor del Congreso por sus acciones. Pero hizo lo que pudo aquel sangriento domingo en las tristes horas que siguieron (a las 9:55 el ataque había acabado, no hubo tercera oleada): ayudó a tratar de rescatar compañeros de las aguas ardientes por el petróleo y recuperó cadáveres de los barcos triturados y parcialmente sumergidos. Del USS Arizona hubo 335 supervivientes.

La carrera posterior de Joseph Kopcho Langdell (Wilton, New Hampshire, octubre de 1914) en la US Navy no fue muy destacada, aunque participó en algunas arriesgadas acciones de guerra como cuando a bordo del destructor Fraizer escoltó convoyes de tropas a Guadalcanal o participó en el hundimiento del submarino japonés I-31 en aguas de Alaska. En octubre de 1945 pasó a la reserva como capitán de corbeta y luego durante largo tiempo regentó una empresa de mobiliario en Yuba City, California, donde vivía con su esposa, Libby (el mismo nombre que la esposa de Custer). Progresivamente, a partir de una visita a Pear Harbour en 1976, se fue involucrando en la asociación de veteranos del USS Arizona, donde tenía un papel activo, que va a culminar sin duda con el entierro de sus cenizas en el barco (si eras miembro de la tripulación entonces dispones de ese privilegio), previsto para el próximo 7 de diciembre. Según la asociación quedan aún 8 supervivientes. En uno de los actos anuales en el acorazado hundido, convertido en memorial, el antiguo alférez protagonizó un momento muy emotivo en 1991 al aceptar una ofrenda floral para los marinos muertos de manos del capitán de corbeta japonés Zenji Abe, uno de los pilotos que aquel día fatídico alcanzaron con sus bombas el USS Arizona…  


EL PAIS            
 

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