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miércoles, 21 de diciembre de 2011

EL ATENTADO DE E.T.A QUE ACABÓ CON LA VIDA DE CARRERO BLANCO, PRESIDENTE DEL GOBIERNO


El día 20 de Diciembre, se cumplieron 38 años, de la muerte del Almirante Carrero Blanco, Presidente del Gobierno de Franco. Victima de un atentado de la banda terrorista E.T.A . En concreto del comando TXIKIA, encabezado por el etarra “WILLSON”. Además del presidente también mueren victimas de la explosión, el inspector de policía José Antonio Bueno Fernández , y el conductor del vehículo oficial José Luis Pérez Mogena.  Con éste atentado la banda terrorista dio un golpe mortal a la dictadura y demostró que podía acabar con la vida de cualquiera.

A continuación repasemos los hechos acontecidos en aquel 20 de diciembre de 1978
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J.M.G  Equipo de Redacción de GAGOMILITARIA
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El día 20 de diciembre de 1973 el Presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco. El almirante, además de una probada lealtad hacia Francisco Franco, fue de una gran honestidad, Un hombre que permaneció durante treinta y dos años como lugarteniente del jefe del Estado, no acumuló otros bienes de fortuna que un modesto apartamento –cuyo pago a plazos estaba inconcluso–, una libreta del Banco de Santander con una cantidad que no superaba las 500.000 pesetas y una pequeña tumba en un cementerio. Todo ello  es digno de admiración, máxime en estos democráticos tiempos de corrupciones, inmoralidades, “pelotazos”, abusos de poder, etc. etc.Se dirigía a su domicilio después de oír misa en la iglesia de San Francisco de Borja, en Madrid, y al llegar a la calle Claudio Coello, esquina a Maldonado, una inmensa explosión lanzó al coche en que viajaba a una altura de más de veinte metros de altura provocando su muerte y la de otras dos personas más.

Fueron acusados de aquel asesinato los etarras José Ignacio Abaitua Gomeza "Marquín", José Miguel Beñarán Ordeñara "Argala", Pedro Ignacio Pérez Beotegui "Wilson", Javier María Larreategui Cuadra "Atxulo", José Antonio Urruticoechea Bengoechea "Josu" y Juan Bautista Eizaguirre Santiesteban "Zigor", todos ellos refugiados en Francia y, en aquella época, protegidos por este país.


La explosión fue tan violenta que proyectó el pesado vehículo hacia arriba a una altura tal que pasó por encima del edificio hasta caer en el patio interior.
Tras el atentado los tres ocupantes del vehículo fueron trasladados al hospital ya que ninguno de ellos falleció en el acto, pero las heridas sufridas eran de tal gravedad que ninguno de los tres sobrevivió.
Sin duda los terroristas quisieron dejar bien claro que eran capaces de asesinar a cualquiera para conseguir sus propósitos, y pretendieron demostrar que podían quebrantar la seguridad del régimen... Aunque hay que reconocer que no debió ser muy difícil; al fin y al cabo Carrero Blanco pasaba todos los días por aquella calle para ir a misa...






Sí, realmente es muy fácil matar a cualquiera...






Con la muerte de Carrero Blanco podría decirse que se acababa definitivamente el régimen franquista y eso lo sabía muy bien ETA, como también sabía que con este asesinato se granjearían ciertas simpatías por parte de los contrarios al régimen de Franco. Al mismo tiempo conseguirían que el ejército y el gobierno se posicionasen aún más a la derecha endureciendo la dictadura, lo que produciría un importante distanciamiento del pueblo e incluso un enfrentamiento entre "las dos Españas"... En otras palabras, el asesinato de Carrero Blanco fue uno de los primeros intentos de ETA para que a España nunca llegase la democracia, pero por desgracia para ellos y por suerte para los demócratas, no se salieron con la suya... Ni el ejército se sublevó, ni el gobierno se endureció, ni el pueblo llegó a enfrentarse...

Pocos años después España conseguía ser una de las mejores democracias del mundo.

Las dos personas que los terroristas asesinaron junto a Carrero Blanco fueron su conductor, un civil llamado José Luis Pérez Mojena y su escolta Juan Bueno Fernández.



«Operación Ogro» es el nombre en clave con el que ETA denominó a este magnicidio. Los miembros de ETA se desplazaron hasta Madrid y alquilaron un semisótano en el número 104 de la calle Claudio Coello; a partir de allí excavaron un túnel hasta el centro de la calzada, donde colocaron cerca de 100 kilogramos de Goma-2 que hicieron explotar el 20 de diciembre de 1973 al paso del coche de Carrero Blanco, quince minutos antes del inicio del juicio contra diez miembros del entonces sindicato clandestino Comisiones Obreras, conocido como «Proceso 1001».

La explosión, que acabó con la vida de Carrero Blanco, fue tan violenta que el coche voló por los aires y cayó en la azotea de un edificio anexo a la iglesia donde había asistido a misa momentos antes. Su hija Ángeles, que siempre lo acompañaba, no lo hizo ese día, lo cual evitó más muertes. También fallecieron otras dos personas, el inspector de Policía, José Antonio Bueno Fernández, y el conductor del vehículo, José Luis Pérez Mogena.


fotografía de la reconstrucción del atentado realizada para la película "OPERACIÓN OGRO"

Carrero Blanco, pese a haber sido advertido de la posibilidad de sufrir un atentado se negó a aumentar sus escasas medidas de seguridad; su horario de colegio y sus itinerarios eran invariables y el coche en el que se desplazaba no estaba blindado.

El objetivo del atentado, según indicaba el comunicado en el que ETA asumía su autoría, era intensificar las divisiones entonces existentes en el seno del régimen franquista entre los «aperturistas» y los «puristas». Según declaraciones posteriores de uno de los miembros del Comando Txikia, Carrero Blanco era «una pieza fundamental» e «insustituible» del régimen y representaba al «franquismo puro»:

La ejecución en sí tenía un alcance y unos objetivos clarísimos. A partir de 1951 Carrero ocupó prácticamente la jefatura del Gobierno en el Régimen. Carrero simbolizaba mejor que nadie la figura del «franquismo puro». Por otra parte, llegó a ser insustituible por su experiencia y capacidad de maniobra y porque nadie lograba como él mantener el equilibrio interno del franquismo.
La complejidad del atentado y su cercanía con la embajada de los EE. UU. hizo sospechar que tal vez otras organizaciones estuvieran implicadas, estando la CIA y su jefe de estancia en España González Mata, entre las más mencionadas, lo que fue desmentido por los autores del atentado.

En el año 2008 se desclasifica una nota de la embajada de los EE. UU. en Madrid al Departamento de Estado del Gobierno de los EE. UU. en el que se afirma que El mejor resultado que puede surgir... sería que Carrero desaparezca de escena, con posible sustitución por el general Díez Alegría o Castañón.



El hecho de que durante la guerra del Yom Kipur —octubre de 1973— Carrero Blanco impidiera a los Estados Unidos usar la bases estadounidenses en territorio español llevó a la agencia soviética TASS a declarar que la CIA había asesinado a un político franquista de tendencia nacionalista que se niega a entrar en la OTAN y a cumplir ciegamente las órdenes de Washington.
La única persona que supuestamente vio la cara al conocido como «hombre de la gabardina blanca» que entregó los horarios y rutas de Carrero Blanco, en el hotel Mindanao de Madrid, fue José Miguel Beñarán Ordeñana, Argala, quien murió en 1978 a manos de una organización ultraderechista terrorista, el Batallón Vasco-Español (BVE). Asimismo, uno de los presuntos autores materiales del atentado fue asesinado poco después.


EL ATENTADO

Minuto a minuto

Miércoles, 19 de diciembre, 18 horas.
Llovizna en Madrid, se está mal en la calle. Los dos electricistas (etarras), con los monos sucios de barro, apoyan la escalera en la fachada del número 104 de la calle de Claudio Coello y, con gesto de fastidio, empiezan a tender unos cables en la pared, hacia la esquina con Diego de León. Los porteros de los inmuebles vecinos se asoman, preguntan para qué es todo aquello. Ellos dicen que en el sótano del 104 hay un escultor que necesita potencia industrial.

Jueves, 20 de diciembre, 8 horas.
Los dos electricistas (etarras) conectan un extremo del cable a una batería y comprueban que el mecanismo funciona. Luego se van a desayunar a la cafetería "Chikito". A eso de las 8:30, otro electricista (etarra) estaciona un Austin Morris 1300 en doble fila, exactamente delante del número 104 de Claudio Coello. Quien quiera pasar por allí tendrá que reducir la velocidad si no quiere rayar la pintura del coche. Más o menos a esa hora, el presidente del Gobierno, almirante Luis Carrero Blanco, se dispone a salir de su casa, en la calle de los Hermanos Bécquer. Sube a su Dodge-Dart negro y blindado, matrícula PMM-16416, y se dirige a la cercana Iglesia de los Jesuitas de Serrano para oír Misa de nueve. Lleva haciéndolo exactamente así desde hace años. Detrás va el coche de escolta, otro Dodge igual, de color metalizado, con matrícula particular M-5642-O, que en cualquier momento podría utilizar la PMM-16718. En él van, detrás, el inspector Galán y delante el inspector Alonso y el chófer Franco.



9:00 horas.
El presidente ocupa el tercer banco del templo. Como siempre. Comulga, también como siempre, y sale de la Iglesia a las 9:25. En ese instante, un electricista (etarra) aguarda en la esquina de Claudio Coello con Diego de León, observando sin pestañear lo que pasa en la primera de esas dos calles. Otro etarra espera en la esquina de enfrente con una cartera en la que se oculta un dispositivo eléctrico.

9:35 horas.
El coche del Almirante dobla la esquina de Juan Bravo con Claudio Coello. Regresa a su domicilio. Como todos los días. Le sigue otro Dodge-Dart con los escoltas. El automóvil de Carrero Blanco se detiene unos segundos para permitir que una mujer, que lleva de la mano a una niña pequeña, cruce la acera. El chófer del Presidente, José Luis Pérez Mógena, se da cuenta de que hay un coche pequeño aparcado en doble fila hacia la mitad de la calle: acciona el intermitente derecho y reduce la velocidad para pasar sin rayar la carrocería.


9:36 horas.
El electricista (etarra)  que lleva el dispositivo eléctrico oye la voz nerviosa de su compañero etarra: "¡Ahora!", y acciona el mecanismo. El conductor del coche que va detrás del Dodge-Dart de Carrero se queda lívido al ver cómo la calle, la calzada gris, se pone literalmente de pie delante de su parabrisas. Todo tiembla y se oye un ruido sordo, como un trueno lejano, que dura dos o tres segundos. El conductor mete la marcha atrás y, cuando está a punto de retroceder, cae sobre su vehículo un infierno de piedras, cascotes, ladrillos y trozos de asfalto, que hiere a uno de los escoltas que van en el asiento de atrás. El Dodge Dart negro en el que viajaba Carrero Blanco se elevó a una altura de 20 metros pese a sus 2.300 kilos de peso.

El coche presidencial, alcanzado de lleno por la explosión, vuela literalmente en increíble ascenso vertical y cae luego –salvando la fachada posterior de la iglesia– a la terraza que corona el claustro. Allí queda, casi encajado en el estrecho corredor que limitan el muro y el pretil, convertido en pura chatarra. Todo ha ocurrido en pocos segundos.
 Al mismo tiempo, los electricistas (etarras) echan a correr hacia Diego de León. Los pocos transeúntes que se asoman a ver qué ha pasado se cruzan con ellos y les oyen gritar: "¡Gas, gas! ¡Ha sido el gas!". Los electricistas (etarras) suben a un coche en marcha y desaparecen.




FOTOS DE LA PELÍCULA "OPERACIÓN OGRO"




9:40 horas.
El Padre Jiménez Berzal, jesuita, llega a la carrera, con los Santos Óleos, a la terraza en donde ha caído el Dodge-Dart. Ve que, entre el amasijo de hierros, asoman dos manos; les da la extremaunción a toda prisa, sin saber de qué o de quiénes se trata. Luego vuelve al edificio y se tropieza con otros jesuitas y con dos hombres que suben las escaleras a todo correr. Uno es el inspector Alonso, de la escolta presidencial. El otro viene ensangrentado. Alonso grita: "¡Policía!" y se abre paso a empujones. Y un segundo después, al ver lo que queda del coche que sigue humeando en la terraza, con las ruedas hacia el cielo, se le quiebra la voz: "¡Y ése es el coche del Presidente!". Minutos después llegan los bomberos y, con mucho esfuerzo, sacan a los tres ocupantes. Alguien se fija en que el intermitente derecho del vehículo no ha dejado de funcionar. El enorme agujero abierto en la calzada, de unos diez por siete metros, causado por la explosión, comienza a brotar el agua. Ante la enorme confusión, se piensa que el automóvil puede estar dentro del socavón inundado, pero el jesuita padre Jiménez Berzal, testifica que un coche ha caído sobre la terraza interior, con dos personas dentro, a las cuales ha dado la extremaunción.  Suben la escalera los inspectores que iban en el automóvil de escolta, y entonces vienen los patéticos esfuerzos para extraer los cuerpos. Llegan los bomberos y las ambulancias. Carrero Blanco llega ya cadáver a la Ciudad Sanitaria “Francisco Franco”, presentando las siguientes lesiones:  




“Fractura de maxilar inferior, fractura de ambas clavículas, aplastamiento torácico, fractura abierta de tibia y peroné derecho, tercio medio inferior, fractura luxación abierta del tarso en miembro inferior izquierdo, fractura con minuta de medio pie derecho. Epistasis traumática”.  

El inspector Bueno también ingresa cadáver: aplastamiento craneal y torácico. El conductor Pérez Mogena es el único que llegó en estado preagónico, falleciendo a los pocos instantes de ingresar.

9:55 horas.
Una ambulancia llega a la clínica Francisco Franco con las tres víctimas. Una vive aún: es el chófer, José Luis Pérez Mógena, que dura apenas unos minutos más. Los otros dos, el inspector Bueno (escolta del Almirante) y el Presidente del Gobierno, llegan ya muertos. Carrero está pálido y con un leve color violáceo, pero no sangra ni muestra heridas graves. Tan sólo las piernas llaman la atención: tiene los pies colocados en una posición imposible, retorcidas hacia atrás, como las de un muñeco roto por la crueldad de un niño, pero no parece ocurrirle nada más. Sin embargo, cuando el Director de la Clínica, Manuel Hidalgo, apoya levemente su mano sobre el pecho del Presidente, el tórax cede "como si estuviese vacío debajo del abrigo", dice el médico. Carrero ha muerto en el acto, literalmente reventado por dentro.



11:00 horas.
El Vicepresidente del Gobierno, Torcuato Fernández-Miranda, llega al Palacio de El Pardo para darle a Franco la noticia. El Generalísimo se estremece en silencio. No dice una sola palabra.

La denominada 'operación Ogro'. Tres décadas después persisten numerosas incógnitas en torno al magnicidio de quien iba a ser el sustituto de Franco.
El operativo de ETA en Madrid para asesinar al presidente Luis Carrero Blanco contó con la participación de más de 30 militantes, al margen de colaboradores de la extrema izquierda que se oponían al Régimen. Según se refleja en los archivos policiales de la época, una persona próxima a la escritora Eva Forest y vinculada a la Platajunta fue la que facilitó a los terroristas la información de que el delfín de Franco asistía todos los días a misa, a la misma hora y sin apenas escolta.

La información facilitada al comando de ETA por esta persona, de quien se sigue desconociendo su identidad 30 años después, supuso la muerte del entonces vicepresidente del Gobierno y protector del Régimen franquista cuando desapareciera el Caudillo. ETA proyecta primero un plan para secuestrarle, pero cuando es ascendido a presidente del Gobierno el 9 de junio de 1973 y aumenta su protección, la banda opta por el asesinato.

Argala y Wilson llevaban en Madrid desde abril de 1972 realizando la misión de captación de información para futuros atentados. Genoveva Forest, que comenzaba a ser conocida como La Rubia por su melena dorada, decidió colaborar con los militantes de ETA dando cobijo a Argala en su casa y a Wilson en el domicilio de la actriz Mari Paz Ballesteros.

Todos los miembros de la Coordinadora de ETA (Pertur, Sabin, Serrano Izko, Goiburu Mendizábal, Esperanza Goikoetxea Icharro y Múgica Arregui) se trasladaron a Madrid para participar en la misión inicial de secuestrar a Carrero. En unos días, ETA desplazó a Madrid a más de 30 terroristas que se movían por la capital impunemente, sin que las Fuerzas de Seguridad detectaran su presencia.

A las 9.28 horas del 20 de diciembre, los terroristas accionaron los 50 kilos de explosivos almacenados en el túnel al paso del Dodge Dart 3.700 por el número 104 de la calle Claudio Coello. La deflagración hizo que el automóvil saliera despedido a una altura de más de cinco pisos, salvara la azotea de San Francisco de Borja y cayera sobre su terraza interior. El presidente Carrero, el conductor Pérez Mogena y el inspector Bueno fallecieron en el acto. 
En las horas siguientes, las Fuerzas de Seguridad del Estado, asesoradas por el Jefe Superior de Bilbao, José Sáinz González, comenzaron a identificar a todos los miembros del comando. Era una labor estéril, porque unos se hallaban en Francia y los autores materiales se encontraban encerrados en un zulo.

El sábado día 22 de diciembre de 1973, la Dirección General de Seguridad declaraba que los responsables del asesinato de Carrero Blanco eran seis jóvenes de la organización revolucionaria y terrorista vasca ETA (Euzkadi ta Azkatasuna, País Vasco y Libertad) y daba los nombres, la filiación y las fotografías de los “presuntos” culpables:


José Ignacio Abaitúa Gómez, de 23 años, constructor de la galería donde se colocó la carga explosiva.

Pedro Ignacio Pérez Beotegui (a) Wilson, de 25 años. Uno de los que planeó el atentado.

José María Larreategui Cuadra, de 27 años, que fue, al parecer, quien alquiló el sótano de la calle de Claudio Coello.

José Miguel Beñarán Ordeñana (a) Argala, de 24 años. Hizo el tendido eléctrico mediante el cual se provocó la explosión.

José Antonio Urriticoechea Bengoechea, de 23 años.

Juan Bautista Eizaguirre Santiesteban, de 28 años.



«Yo maté al asesino de Carrero Blanco»

Habla por primera vez uno de los militares que acabó con la vida de "Argala", el etarra que mató a Carrero Blanco. "Leonidas", oficial retirado de 55 años, relata cómo la operación la prepararon los marinos, para vengar la muerte del almirante
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ANTONIO RUBIO


«Nunca entendimos que el Gobierno diera una amnistía a la gente que atentó contra don Luis Carrero. Por eso, tras el atentado contra Argala nos sentimos tranquilos: habíamos cumplido con nuestro deber y habíamos hecho justicia a nuestro almirante».Este hombre que rememora, treinta años después, el asesinato del dirigente etarra es Leonidas, nombre en clave que le dieron los miembros del comando que el 21 de diciembre de 1978 hicieron volar por los aires al dirigente etarra José Miguel Beñaran Ordeñana, Argala.


Leonidas, que ya ha cumplido 55 años y fue oficial del Ejército español, tenía muy claro que la muerte de Carrero Blanco no podía quedar impune y en 1977, tras la amnistía política concedida por el Gobierno de UCD, se unió a un grupo de siete oficiales del Ejército con el único propósito de vengar el asesinato del almirante.

La elección de Argala para llevar a cabo el «ojo por ojo y diente por diente» se debió, según Leonidas, a que el dirigente etarra fue el autor material del atentado contra Carrero Blanco: «El fue el que el 20 de diciembre de 1973 -ayer se cumplió el 30 aniversario- accionó la carga explosiva que mató a nuestro Presidente»./ PASA A LA PAGINA 2 VIENE DE LA PAGINA 1 / La idea del atentado contra Argala partió de los compañeros del almirante Luis Carrero Blanco, los marinos.

Los marinos, según nos relata pormenorizadamente Leonidas, fueron los que dirigieron y prepararon durante más de siete meses la acción mortal contra el que entonces se había convertido en uno de los máximos dirigentes de ETA militar, José Miguel Beñaran Ordeñana, Argala.

El almirante Carrero Blanco fue vengado, por sus compañeros, cinco años y un día después de que su vehículo Dodge Dart negro volara por los aires en la calle Claudio Coello de Madrid. Los autores del atentado fueron los miembros del comando Txikia de ETA, que estaba integrado por: Iñaki Múgica Ezkerra, Iñaki Pérez Wilson, José Miguel Beñaran Argala, Jesús María Zugarramurdi Kiskur y Javier María Llarreategui Atxulo.

En realidad, ETA decidió atentar contra el presidente Carrero Blanco en 1972. Argala tuvo una cita en la cafetería del hotel Mindanao de Madrid el 14 de septiembre de aquel año con un hombre de unos 30 años, que vestía con gabardina y que estaba relacionado con el mundo del cine y de la televisión.

El hombre de la gabardina entregó al dirigente etarra un sobre, blanco, con los itinerarios y costumbres que tenía el almirante Carrero Blanco. Esa información, después, resultó vital para atentar y asesinar al almirante en diciembre de 1973.

Leonidas, que hoy vive y trabaja en España, no tiene remordimientos por la acción que llevó a cabo en 1978, en compañía de otros militares. Al contrario, el ex oficial del Ejército se muestra satisfecho porque cumplió con su deber.


Leonidas, que hace tiempo dejó la milicia, sigue en contacto con la realidad de España y se muestra muy preocupado por los últimos acontecimientos políticos: el plan Ibarretxe y las reivindicaciones catalanas. También considera y aclara que el BVE y los GAL fueron dos cosas totalmente distintas: «A nosotros no nos apoyaba nadie y actuamos por patriotismo. En los GAL el Gobierno estaba detrás de las acciones y, además, todos se movían por dinero».

EL JEFE Y «LOS BRASEROS» DEL COMANDO

El capitán de navío Pedro Martínez, más conocido por Pedro el Marino, fue la persona que coordinó, organizó y consiguió los explosivos que utilizó el comando que atentó contra el etarra Argala.

Tras el asesinato del almirante Carrero Blanco (1973) y la muerte de dictador Francisco Franco (1975), Pedro el Marino se convirtió en el aglutinador de todos los grupúsculos que querían pagar a ETA con su misma moneda: ojo por ojo, muerte por muerte. Se puede decir que con él comienza la guerra sucia contra la organización terrorista vasca.

Pedro el Marino pertenecía a los servicios de inteligencia naval y alrededor de él consiguió formar un grupo de mercenarios y ultraderechistas extranjeros como Jean Pierre Cherid (francés y ex miembro de las temibles OAS), José María Boccardo Alemán (argentino y ex miembro de la triple A) y Mario Ricci (italiano, neofascista y miembro de Avanguardia Nazionale).

Cherid, Boccardo y Ricci fueron los braseros, hombres de segundo nivel, a los que se refiere Leonidas en su entrevista y los que se ocuparon de localizar la residencia que José Miguel Beñaran, Argala, tenía en la ciudad francesa de Anglet.

Jean Pierre Cherid, con el tiempo, se convirtió en uno de los mercenarios más activos de la guerra sucia contra la banda terrorista ETA. El ex miembro de la OAS murió en 1984, cuando manejaba unos explosivos que iba a colocar a un dirigente etarra.

Entre los restos de su vehículo y su cuerpo la gendarmería francesa encontró un listín de teléfonos donde aparecía el número del Gabinete de Operaciones Especiales del Ministerio del Interior, el de Pedro El Marino y el de un sargento de la Guardia Civil.Los policías galos también encontraron entre los restos del atentado un carné de la Dirección General de la Guardia Civil, con la foto de Jean Pierre Cherid, expedido el 14 de febrero de 1981 y a nombre de Iván González Rodríguez. Tras su muerte, su mujer reclamó al Ministerio de Interior la pensión de viudedad.

Jean Pierre Cherid y su grupo localizaron la residencia de Argala en mayo de 1978 y desde ese tiempo hasta su ejecución se dedicaron, fundamentalmente, a controlar y vigilar al dirigente etarra.

El jefe del grupo, Pedro el Marino, ya tiene más de ochenta años, reside fuera de las fronteras españolas y en la actualidad está muy delicado de salud. / A. R.


EL COMIENZO DE LA TRANSICION
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VICTORIA PREGO

El impacto político que causó en España el asesinato de Carrero Blanco fue extraordinario. Primero, porque el régimen franquista se descubrió, de pronto, vulnerable. Segundo, porque, vueltas todas las miradas en esos momentos hacia Franco, el país entero se dio cuenta de modo irremediable de que era un anciano en plena decrepitud cuya muerte no podía estar muy lejana. De esa manera, todos, a un lado y a otro del telón de acero que separaba al régimen de la oposición democrática, fueron conscientes de que, a partir de ese instante, el futuro se había plantado ya ante la puerta y que era imprescindible y urgente prepararse para participar en él.


Es un hecho que la muerte de Carrero despejó no uno sino varios horizontes políticos, incluso dentro del franquimo ortodoxo.Siempre existió la constancia de que el almirante, hombre de la máxima confianza de Franco, pertenecía al sector más reaccionario e inmovilista del régimen. Pero, y esto es decisivo, no formaba parte de ninguna de las «familias políticas» que se diponían a mantener el poder y repartirse la influencia a la muerte de Franco. Es más, él entonces presidente del Gobierno era el responsable último de que la decisión del viejo general a propósito de su sucesión hubiera recaído en la persona del príncipe Juan Carlos de Borbón y no en la de su primo Alfonso, mucho más próximo a los jerarcas del Movimiento Nacional, el partido único de la época. No es exagerado, por lo tanto, decir que la famosa «reinstauración monárquica» que Franco llevó a cabo a su conveniencia fue obra de Carrero. Y aquí es donde entran a jugar las mil especualciones que se han hecho en torno a una posible implicación, aunque fuera indirecta, aunque sólo fuera por un delito de omisión, de ciertos sectores del régimen en ese asesinato espectacular. Algunos datos abonan las conjeturas. ¿Cómo es posible que, muerto el almirante, el sector ultra del régimen presionara hasta el último instante hasta conseguir colocar en la presidencia del Gobierno, precisamente al responsable político de un fracaso tan monumental? ¿Por qué Arias Navarro, a quien acaban de volar al presidente, no sólo no fue castigado sino que resultó premiado con el cargo de su antecesor, con gran contento de doña Carmen Polo, que se dejó fotografiar, sonrisa en ristre, junto a Arias, cuando aún estaba vigente el luto oficial? Por último, y no menos llamativo: ¿no resulta una extraña casualidad más, el hecho de que, de todos los etarras que participaron en la preparación de este asesinato, fuera precisamente Argala el elegido como víctima de los vengadores del almirante?

Sea como sea, y con demasiados cabos sueltos todavía, el asesinato de Carrero Blanco dejó despejada una de los infinitas incógnitas que se cernían sobre el futuro de España: el franquismo, sin Franco y sin el almirante, quedaba dabilitado, casi inerme, ante la fuerza del futuro que encarnaban las nuevas generaciones, a uno y otro lado de los muros del régimen. La transición política de España de la dictadura a la democracia empezó ese día 20 de diciembre de 1973 en la calle Claudio Coello de Madrid.



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