Si la Historia Militar o de las Fuerzas de Seguridad, te apasiona. Si la Militaría es tu afición. Si quieres conocer la Historia, sin valorar ideas ni convicciones políticas, sin tendencias, sin manipulaciones. La Historia Militar, sólo la vivida por sus principales protagonistas, los SOLDADOS que la han padecido.



¡Seguro que te gustará este Blog!


Mostrando entradas con la etiqueta HISTORIA DE ESPAÑA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta HISTORIA DE ESPAÑA. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de abril de 2019

LA FOSAS COMUNES DE SOLDADOS ESPAÑOLES EN CUBA

Fosas comunes de soldados españoles: la herida abierta de la Guerra de Cuba

Un enterramiento colectivo con 102 repatriados que fallecieron tras regresar enfermos en 1898 permanece olvidado en Puerto Real (Cádiz)



MADRIDActualizado:
Una fosa común con 102 soldados españoles olvidada en Puerto Real, Cádiz, es una de las pocas heridas de la Guerra de Cuba que España mantiene abiertas. Sus cadáveres fueron arrojados en una zanja junto al cementerio de San Roque, apenas unos días después de regresar moribundos a la patria, a finales de 1898, tras la pérdida de nuestras últimas colonias en ultramar.
«Este enterramiento colectivo es el ejemplo más claro de que la desinformación por parte del Gobierno con respecto a los repatriados de Cuba fue total. De los 104 soldados que murieron en el lazareto del Fuerte de San Luis, 102 terminaron en esa fosa común sin que ninguna de sus familias recibiera información alguna de que su padre, hijo o hermano había regresado enfermo a Puerto Real. Allí fueron lanzados sin más», explica el historiador gaditano Manuel Izco, autor de «Soldados en el olvido».
Para Guillermo Cervera Govantes –bisnieto del famoso almirante Cervera, héroe de la Guerra de Cuba y ministro de la Marina entre 1892 y 1893– estamos ante la punta del iceberg del drama que vivieron los 158.492 repatriados que, según el estudio de Jordi Maluquer de Montes, recibió España entre 1895 y 1899. «Los de Puerto Real fueron los peor parados. Al Estado le fue materialmente imposible atenderlos a todos. El país estaba arruinado, era una nación moral y materialmente vencida. La mala conciencia por provocar semejante desastre llevó a las autoridades a abandonar a su suerte a estos soldados al llegar a casa», cuenta a ABC este capitán de fragata retirado, que se puso en contacto con Izco para intentar sacar del olvido a estas víctimas y que se les coloque (de momento sin éxito) un monumento funerario próximo a la fosa.

«Espectros»

Cádiz fue uno de los primeros lugares de España en conocer la magnitud humana del desastre. Su puerto fue de los que más barcos recibió, con todos aquellos militares exhaustos y agonizantes. «Héroes enfermos que marchitaron infructuosamente su juventud por la patria», aseguraba entonces « Blanco y Negro». También atracaron en Vigo, Santander, Cartagena, Barcelona, Málaga, Valencia o La Coruña. «La Ilustración Americana y Española» calificaba a los pasajeros del vapor que llegó a esta última ciudad el 23 de agosto de 1898 de «espectros». «Sus cuerpos flácidos y escuetos cubiertos con andrajos les daban un aspecto repugnante hasta el horror y tristísimo hasta hacer derramar las lágrimas», comentaba el diario. Habían muerto 96 pasajeros durante el viaje. El 85% de ellos, a causa de tres enfermedades: disentería, diarrea crónica y paludismo.
«A través de los archivos de la Guardia Civil descubrí que mucha gente se enteró del paradero de sus familiares tarde y mal. Hubo incluso peticiones de pensiones por parte de viudas hasta 1910, cuyos maridos no habían regresado de Cuba. Muchas madres se enteraron años después de que sus hijos habían muerto de fiebre amarilla. Otros familiares tampoco pudieron cobrar la pensión porque nunca supieron qué les había pasado a sus parientes. El Gobierno tuvo mucho interés de que esto no trascendiera a la opinión pública y echó tierra encima», defiende el arqueólogo aragonés Javier Navarro, que ha conseguido identificar a los más de 58.000 muertos que produjo la guerra tras una investigación de diez años que publicará en 2019. Y revela que más de cincuenta familias se han puesto en contacto con su asociación, «Regreso con Honor», en búsqueda de información sobre el paradero de aquellos abuelos y bisabuelos que se marcharon a luchar a Cuba y nunca más volvieron a saber de ellos.
Según la información del Archivo Histórico Nacional, entre febrero de 1896 y noviembre de 1898, se contabilizaron 10.995 soldados repatriados inútiles y 33.808 enfermos. Siguieron llegando hasta bien entrado 1899, en un viaje de regreso que era una auténtica tortura. Se le llamó «La flota silenciosa». Dos semanas de travesía apretados en los barcos de la Compañía Transatlántica sin apenas comida ni bebida, mezclados sanos y enfermos y sin apenas asistencia sanitaria. La realidad de la guerra no podía ocultarse en sus cuerpos demacrados. Ya no había representantes políticos dándoles la bienvenida en el puerto. La sociedad pasó de la orgullosa exaltación patriótica de las despedidas a la más absoluta tristeza. «Lo que nosotros vimos no eran cien soldados, sino cien cadáveres en el más lastimoso estado», relataba desde Jaén «El Diario Católico» el 29 de septiembre de 1898.

Cádiz: 15 muertos al día

La mayoría de ellos iban a parar a los lazaretos, donde intentarían conservar la vida durante las terribles cuarentenas. El objetivo: evitar la extensión de las epidemias por tierra firme. «En los libros de sepultura del cementerio de Puerto Real y en los certificados de defunción del registro civil pude comprobar que, algunos días, morían 14 o 15 personas en el lazareto del Fuerte de San Luis. A veces fallecían dos soldados en la misma cama en menos de 24 horas. Llegaba uno, moría, colocaban rápidamente a otro en su lugar, y fallecía también. La mortalidad en las primeras semanas fue tremenda. Tuvo que ser algo esperpéntico, con decenas de chavales muriendo en cuestión de horas tras llegar de Cuba», explica el historiador gaditano, que ha averiguado los nombres y las causas de defunción de todos los cadáveres enterrados en la fosa común, la mayoría menores de 23 años que sucumbieron a la disentería y al «catarro intestinal». Los restantes, a causa de otras enfermedades traídas de Cuba, como el paludismo, la caquexia o la disentería.
Los supervivientes sufrieron otro calvario: el de su reinserción social y laboral en una España en ruinas. «Muchos llegaron inválidos, sin posibilidad de recuperar sus trabajos en el campo. Volvían a la pobreza y el Gobierno no supo darles respuesta», afirma Navarro sobre los jóvenes españoles de clase baja que nutrieron el Ejército, al no disponer de las 1.500 pesetas que costaba librarse de ir a la guerra. Esto perjudicó a las economías familiares más pobres, cuyos repatriados tuvieron que soportar duras condiciones de vida: niveles de empleo enfermizos, salarios deficientes y problemas de vivienda, alimentación, sanidad y educación. Muchos se vieron abocados a la indigencia, según defienden Juan Pablo Fusi Jordi Palafox en «1818-1996. El Desafío a la Modernidad», donde hablan, incluso, de las leyes dictadas para evitar que estos pidieran limosna en las calles.
Un infierno que ya anticipó el escritor Vicente Blasco Ibáñez en su artículo «El rebaño gris», publicado dos semanas después de comenzar la guerra: «Si quedan inválidos, pueden aprender a tocar la guitarra para pedir caridad a cualquiera de esas familias enriquecidas en Cuba. Es posible que les arrojen dos céntimos desde sus carruajes». Y lo constató en otro texto de enero de 1899: «Esos infelices españoles son las únicas víctimas de las locuras patrioteras y de los errores gubernamentales, pues continúan siendo víctimas al poner el pie en la Península. Pero no por desdichas nacionales inevitables, sino por olvidos voluntarios».

MÁXIMO GÓMEZ, EL GENERAL QUE DESERTO DE LAS FILAS DEL EJÉRCITO ESPAÑOL, PARA DIRIGIR LA INSURRECCIÓN CUBANA

El traidor independentista al que «dimos por muerto» y causó 25.000 bajas a España en la Guerra de Cuba

El general Máximo Gómez abandonó las filas del Ejército español al que se había servido como voluntario, para liderar la insurrección independentista cubana tras la muerte de José Martí

Resultado de imagen de El traidor independentista al que «dimos por muerto» y causó 25.000 bajas a España en la Guerra de Cuba

MadridActualizado:
Se refería la revista de Torcuato Luca de Tena a las audaces operaciones de engaño protagonizadas por el líder de la rebelión cubana, que estaban causando auténticos estragos en las filas españolas desde hacía dos años. El general Gómez se había convertido en un maestro del empleo de la astucia militar a raíz de su experiencia en el campo de batalla. Creía que era la única forma de lograr condiciones ventajosas contra una España claramente superior y pronto dio muestras de ello: maniobras de despiste, ataques por sorpresa, embustes para ser perseguido y desviar la atención sobre enclaves más importantes o su intuición para evitar emboscadas.El 27 de marzo de 1897, la revista «Blanco y Negro» se refería a Máximo Gómez, el general que traicionó al Ejército español tras la guerra de Restauración y se convirtió en el líder de los independentistas cubanos, con las siguientes palabras: «De vez en cuando tenemos noticias de él. Cada quince días le damos por muerto, unas veces por los achaques de su vejez, otras a consecuencia de sus heridas en la espalda y otras por una hinchazón gravísima e inoportuna. Si creyéramos a pies juntillas lo que suele escribirse de él en el campo insurrecto y en el campo leal, el “chino viejo” resultaría con siete vidas como los gatos. Una suposición no muy descaminada, porque más de siete, de diez y de cien vidas tiene Máximo Gómez, pero sobre su conciencia».
Gómez había ingresado muy joven en el Ejército de la República Dominicana, donde había nacido en 1836. El país había sido invadido por el emperador haitiano Souloque y decidió debutar en combate en la Batalla de Santomé, el 22 de diciembre de 1856. Su bando resultó vencedor. Y es curioso, porque cinco años después, nuestro protagonista apoyó la entrega de la soberanía nacional a España llevada a cabo por su presidente, Pedro Santana. Luchó como voluntario en el Ejército español y, tras perder la guerra de la Restauración, huyó con sus compañeros a Cuba. Fue allí donde Máximo Gómez desertó y traicionó su juramento para unirse a los grupos que luchaban por la Independencia de Cuba.

«Filibustero impenitente»

En la primera parte de la guerra (1868-1878), los insurrectos fueron derrotados y tuvo que regresar a la República Dominicana. En su país residió hasta que, en 1895, firmó el Manifiesto de Montecristi con José Martí. El objetivo era reiniciar la guerra de independencia. «Aunque los telegramas oficiales le colocan pacífico y tranquilo en una de las repúblicas americanas, la opinión señala a este filibustero impenitente como uno de los iniciadores de la presente lucha», podía leerse ese mismo año en «Blanco y Negro», en un especial sobre « Los sucesos de Cuba»
Máximo Gómez vivió 69 años
Máximo Gómez vivió 69 añosABC
En 1895 resultaba evidente que el único modo de ganar al ejército español —Estados Unidos no entraría en combate hasta tres años después—era extender la lucha armada hasta occidente mediante la invasión. Dicha condición era imprescindible para que la revolución triunfara, porque conllevaba la posibilidad de destruir las principales fuentes de riqueza que financiaban la maquinaria militar colonial y la ventaja de dispersar por el país a las tropas de España, con la excusa de proteger los otros enclaves importantes de los supuestos ataques mambises.
Lo primero que consiguió Gómez fue conquistar Camagüey, pero no pudo comenzar la invasión de occidente porque las tropas de Antonio Maceo no habían llegado en su apoyo. Aquella acción era urgente, puesto que diez batallones solicitados por el general Martínez Campos estaban cruzando el Atlántico hacia Cuba. ¿Qué hizo el general insurrecto? Ordenar una serie de ataques a modo de demostraciones de fuerza solo para engañar al mando español y hacerle sacar las tropas de los alrededores de Camagüey. Fue una estrategia ingeniosa —recogida en el artículo de Alberto Pau Uriarte en los « Anales de la Real Academia de Cultura Valenciana»— que se basó en una serie de acciones militares desarrolladas durante un mes para que España concentrara a sus soldados en Las Villas. Gómez conocía a su adversario, pues había combatido en sus filas, y dejó perplejos a los mandos españoles. Como escribió en su diario el líder rebelde: «Quería llamar la atención del enemigo hacia aquella zona (...) para proteger el paso del general Maceo, que ya debe venir marchando. Todos mis movimientos han de obedecer a ese propósito». Y lo logró: Maceo atravesó Camagüey de este a oeste sin librar un solo combate y, poco después, se unió a él. El general español José Lachambre calificó de «brillante» la operación de reunión de los dos destacamentos insurrectos: «Maceo, desde Santiago de Cuba y en 32 días de marcha sin que le disparen un tiro llega a la trocha y la pasa, uniéndose a Gómez (...), que mutuamente se ayudaban en esta brilante operación».

«Lazo de invasión»

Pocos meses después, Martínez Campos concibió la idea de enfrentarse a Gómez en el Coliseo, una pequeña comunidad a 130 kilómetros deLa Habana. El objetivo era atraer a los rebeldes hasta dicha localidad y golpearles con una fuerza de 25.000 hombres. Pero de nuevo estos volvieron a ser más astutos, debido otra maniobra de distracción protagonizada por unos 700 rebeldes, mientras el grueso del ejército insurrecto huía. La trampa minuciosamente concebida por el general español fue eludida de nuevo por el líder dominicano, posiblemente por la información que había recibido de los telegrafistas del ferrocarril. De esta forma, evitó lo que habría sido un matanza de dimensiones gigantescas.
Gómez seguía con su intención de llegar a occidente. La solución fue otra maniobra de engaño, marchando hacia el sureste. En el camino asaltaron un almacén del enemigo con 10.000 cartuchos, incendiaron una serie de campos de cañas y destrozaron unas cuantas estaciones ferroviarias. Sin embargo, respetaron las vías para facilitar que los optimistas españoles les persiguieran en tren hasta Cienfuegos, que era en realidad el propósito de la estrategia para que dejaran libre el camino hacia La Habana. Martínez Campos estaba convencido de que podría aplastar a los insurrectos en la localidad central de la isla, sin imaginarse que el grueso de las tropas cubanas entrarían tranquilamente en la capital cinco días después. A esta acción se le llamó el «Lazo de invasión».
También se le puso nombre a otra operación de engaño acaecida en enero de 1896, muerto ya José Martí y erigido Máximo Gómez como único líder de los insurrectos. Se le llamó la «Campaña de la Lanzadera». El objetivo era de nuevo atraer hacia sus tropas la mayor parte del Ejército español, con el objetivo de permitir que el general Maceo llegara después lo antes posible a Pinar del Río. Desde allí podría extender la guerra hasta el último rincón occidental de la isla. Una operación que duró un mes y medio y para la que Gómez empleó 2.300 hombres, según Pau Uriarte. Con esos soldados, y exponiéndose a una fuerza de 12.000 españoles comandados de nuevo por Martínez Campo y otros generales, debía protagonizar ataques tan feroces que resultaran creíbles y representaran un peligro real.
Durante 42 días las tropas de Gómez recorrieron más de 730 kilómetros y lanzaron 14 ataques en los que murieron solo 14 de sus soldados y fueron heridos 144. Sin embargo, consiguieron que la invasión llegara a Mantua, por un lado, una pequeña localidad del extremo oriental, y que Maceo regresara a La Habana, por otro. De esta forma, la guerra alcanzó la envergadura nacional que buscaban los rebeldes.

«Campaña de la reforma»

La última de estas operaciones de engaño fue conocida como la «Campaña de la reforma», una de las más importantes de la historia de Cuba, que fue protagonizada de nuevo por el general Máximo Gómez durante un año: entre enero de 1897 y enero de 1898. Un tiempo en el que el Ejército español no pudo forzar un encuentro con los insurrectos ni causarles bajas importantes.
Las operaciones se llevaron a cabo en el centro del país con el fin de auxiliar a las fuerzas rebeldes que se encontraban en apuros en aquellos territorios. Para ello, Gómez elegía de nuevo la estrategia en su opinión más racional y adaptada a sus escasos recursos. Acudió con 600 hombres a una zona conocida como La Reforma, para concentrarlos al oeste del camino que unía Júcaro y Morón. Quería hacer creer a los españoles que lo rebeldes estaban iniciando una nueva invasión. Y para asegurarse que la treta calaba en el enemigo, hizo lo posible para que el rumor se extendiera a través de cartas y documentos que sabía que iban a ser interceptados.
La maniobra de desinformación surtió efecto y el general Weylerconcentró 33 batallones de infantería, 30 escuadrones de caballería y seis batería de artillería en el cuartel general de Sancti Spiritus. En total, 40.000 hombres, una tercera parte del ejército español en Cuba. Un número muy grande de soldados que, tal y como previó Gómez, debilitó las fuerzas desplegadas anteriormente en Pinar del Río, Matanzas y La Habana. Gómez consiguió mantener en secreto esta acción, no compartiéndola incluso con sus más cercanos colaboradores. La efectividad sería mayor asý y, durante un año, los insurrectos protagonizaron multitud de emboscadas, incursiones y escaramuzas que produjeron más de 25.000 bajas entre muertos, heridos e inutilizados por enfermedad en las fuerzas españolas. Según el Centro de Estudios Militares de las FAR, en una cifra que parece exagerada, los rebeldes contabilizaron solo 108 bajas entre muertos y heridos.

A pesar de todo, al final de esta última operación la guerra en Cuba continuaba sin signos llegar a su fin. Los insurrectos se mantenían fuertes en Oriente y Camagüey a pesar de su inferioridad. Y los españoles habían mantenido su posición en el oeste y el centro de Cuba. Fue en ese momento cuando ambos mandos mantuvieron una serie de conversaciones de paz en secreto, en un hecho no muy conocido sobre la Guerra de Cuba. Pero luego llegaron los americanos y… la guerra cambió para los españoles, que iniciaron su recta final hacia el « desastre del 98».

UNA EXPOSICIÓN EN EL MUSEO DEL EJÉRCITO, EN TOLEDO REMEMORA EL SITIO DE BALER

Al rescate de los últimos de Filipinas

Supervivientes del destacamento de Baler fotografiados el 2 de septiembre de 1899, a su llegada a España.

Una exposición en el Museo del Ejército, en Toledo, rememora el sitio que sufrieron 50 soldados españoles durante 337 días en una iglesia en Baler


La cuchara de alpaca del soldado Marcelo Adrián Obregón está abollada en su base. Sin embargo, no debió de ser por su uso habitual, pues apenas había qué comer en los 337 días que permaneció sitiado en la iglesia de San Luis de Tolosa, en la localidad de Baler, en la isla filipina de Luzón, entre el 1 de julio de 1898 y el 2 de junio de 1899. La cuchara la empleó también para cavar tumbas de sus compañeros. Él fue uno de los 50 hombres conocidos primero como Los héroes de Baler y, a partir de 1945, como los últimos de Filipinas, por el título de una película de propaganda 
franquista. Lo del asedio de Baler, de cuyo fin se cumplen 120 años en 2019, fue una historia en la que convergen una heroica resistencia y el absurdo sacrificio de mantener una posición en una guerra que había finalizado meses atrás, cuestión fundamental que desconocían. Una exposición en el Museo del Ejército, en Toledo, reúne, hasta el 30 de junio, 160 piezas, entre uniformes, armas, mapas, óleos, fotografías, banderas... con los que "se quiere contar el asedio con rigor histórico y emotividad", ha subrayado en la presentación el comisario de la muestra, Enrique Rontomé Notario.

En ese relato se hace hincapié en que los integrantes del Batallón de cazadores expedicionario nº 2 fueron honrados por sus enemigos cuando se rindieron. Los filipinos luchaban para independizarse de la metrópoli, en paralelo al otro resto del imperio español, Cuba, ayudados por Estados Unidos. El líder revolucionario y presidente resultante de la guerra, Emilio Aguinaldo, emitió un decreto el 30 de junio de 1899 en el que se ordenaba que aquellos españoles fueran considerados "como amigos y no prisioneros" por su gesta, un salvoconducto para poder partir con vida de la antigua colonia. El decreto honraba el "valor, constancia y heroísmo" de "aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno".   
El recibimiento en su patria fue más frío. Los 33 supervivientes llegaron en el vapor Alicante a Barcelona el 1 de septiembre (los restos de los fallecidos no arribaron hasta 1904). Hubo una cena, algún acto y cada soldado regresó a sus pueblos, en una veintena de provincias. "Ningún país quiere reconocer sus derrotas y con el peso que tuvo el Desastre del 98, la pérdida de las últimas colonias, fueron olvidados", señala Jesús Valbuena, bisnieto del cabo Jesús García Quijano, el primer herido, en un pie, del sitio. Valbuena acaba de finalizar un documental sobre unos hechos que oía de niño en casa siempre con la misma lamentación: "Al pobre abuelo no se le hizo justicia".
La exposición Los héroes de Baler: La historia de los últimos de Filipinas recuerda que de los que murieron, 14 lo hicieron por el beriberi, una enfermedad causada por la deficiencia de vitaminas ante una paupérrima alimentación. Como escribió quien los lideraba, el teniente Saturnino Martín Cerezo en su relato de aquellos hechos: las extremidades se convertían "en tumefacciones asquerosas" y los enfermos morían "entre sufrimientos aterradores". Otros dos cayeron por heridas de bala enemiga, porque otros dos más fueron fusilados por desertores poco antes de la rendición. Entre los miles de insurrectos tagalos que intentaron asaltar la iglesia hubo unas 700 bajas.
Fotografía en torno a 1904 de la iglesia de Baler, en Luzón, donde estuvieron sitiados Los últimos de Filipinas.
Fotografía en torno a 1904 de la iglesia de Baler, en Luzón, donde estuvieron sitiados Los últimos de Filipinas. MUSEO DEL EJÉRCITO
Con todo ese dramatismo, los hechos se tornaron en disparate por la negativa a rendirse, a pesar de los emisarios que, en varias ocasiones, enviaron los sitiadores, con periódicos, para comunicarles que desde agosto, cuando Manila capituló, había un alto el fuego y que desde el 10 de diciembre de 1898, con el Tratado de París, España había cedido la soberanía sobre aquel territorio a EE UU. La entrada de dos franciscanos prisioneros tampoco les convenció. "No daban crédito, había desconfianza y pensaban que las publicaciones que les hacían llegar los filipinos podían estar manipuladas", añade Rontomé, conservador jefe del departamento de Arqueología y Patrimonio del museo.
Les abrió los ojos un periódico que había arrojado el teniente coronel Cristóbal Aguilar, otro de los mediadores, en el que Martín Cerezo vio una información sobre el nuevo destino de un militar conocido que le hizo comprender su error. Fue el final a los numerosos intentos de asalto, el fuego de bala casi continuo, agua hirviendo arrojada desde el interior (habían hecho un pozo) y las salidas por sorpresa de los atrapados en busca de alimentos.
En las vitrinas de la exposición, en la que han colaborado el Museo Naval, el Prado, el de Antropología, el Archivo Histórico Nacional y particulares, llaman la atención los fusiles Mauser de los españoles, machetes de sus enemigos, una fotografía del grupo cuando volvió a casa identificados con sus nombres y un reloj suizo de bolsillo del teniente médico Rogelio Vigil, en el que cada hora de aquellos 11 meses se le debió de hacer eterna.

lunes, 1 de abril de 2019

UN MAL SUEÑO, ASÍ RECUERDAN LOS ESPAÑOLES (DE AMBOS BANDOS) LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Así recuerdan los españoles (de ambos bandos) el final de la Guerra Civil: «Todo parecía un mal sueño»

Hoy lunes se cumplen 80 años del día en que el actor Fernando Fernández de Córdoba leyó el último parte de guerra que ponía fin al conflicto español. Un momento que ha quedado marcado en la memoria de los supervivientes al igual que otras fechas como el 11-M o el 11-S

Resultado de imagen de guerra civil española

MadridActualizado:

[
 El intento de agresión en el Congreso por no gritar un «¡viva la República!» que anticipó la Guerra Civil]El 28 de marzo de 1939, el Ejército franquista había hecho su entrada en Madrid. Durante los tres días siguientes realizó la ofensiva final para ocupar, sin apenas resistencia, la zonas de España que aún permanecían bajo el control de los republicanos: el 29 conquistaron Cuenca, Albacete, Ciudad Real, Jaén, Almería y Murcia; el 30, Valencia y Alicante, donde miles de personas trataban de subirse en alguno de los barcos británicos y franceses que partían hacia el exilio, y el 31, Cartagena.
Parte final de la Guerra Civil
Parte final de la Guerra CivilABC
Y el 1 de abril, hace hoy 80 años, a las 10.30 horas, la voz del actor Fernando Fernández de Córdoba sonó con énfasis a través de Radio Nacional de España: «Parte oficial de guerra, del cuartel general del generalísimo, correspondiente al día de hoy, primero de abril de 1939, tercer año triunfal. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, primero de abril de 1939, año de la victoria. El generalísimo Franco». Un momento que quedó marcado durante décadas en la memoria de los españoles supervivientes –al igual que otras fechas traumáticas como el 23-F, el 11-M y el 11-S–, independientemente del bando con el que simpatizaran ellos o sus familias. Lo importante era que se acababa de poner punto final a una de las etapas más trágicas de nuestra historia, con alrededor de medio millón de muertos y miles de exiliados.
Cuando comenzó la guerra, Gaspar Viana vivía en un pequeño pueblo de agricultores de Guadalajara, Peralveche, «donde no había ni fascistas ni rojos». «Allí no sabíamos nada de lo que estaba pasando en Madrid, donde ya habían matado al ministro de Hacienda, quemado conventos y se había producido la sublevación del cuartel de la Montaña. Pero en Peralveche solo nos enterábamos de lo que pasaba en Peralveche, porque no había ni prensa ni nada», recuerda. Aún así, cuando los republicanos entraron en el pueblo y cometieron algunas tropelías –«cogieron al cura de mi pueblo, le pegaron cuatro tiros y le cortaron las orejas, después de haberle paseado desnudo con una cuerda atada a sus partes»–, no se pudo salvar de ir al frente cuando la llegó la edad, en enero de 1938. Fue enviado al frente de Teruel y no se avergüenza de reconocer que se pasó la Guerra Civil corriendo de un lado para otro intentando evitar entrar en batalla: «Sólo pensaba en salvarme, nada más. Ni política ni nada. Sólo salvar la “pellica”. Y vivo de casualidad», asegura.

«Estaba claro que la guerra estaba acabada»

Tras dos años sirviendo como soldado republicano, ingresó en la Falange clandestina, la conocida como «quinta columna», para salvar la vida o no acabar en las cárceles franquistas. El alcarreño, de 96 años, recuerda perfectamente dónde se encontraba aquel 1 de abril de 1939, cuando tenía 21. Estaba en Madrid. Tres días antes, cuando las tropas nacionales entraron en la ciudad, le ordenaron que cogiera un fusil y saliera a tomar el control del almacén de comida que había en la calle Abascal. Su misión era desarmar a los carabineros republicanos que había allí apostados y custodiar los alimentos que había almacenados hasta que llegaran los mandos del bando ganador. «Estaba claro que la guerra estaba acabada. Fue allí donde me llegó la noticia y donde estuve hasta el 2 de abril. Recuerdo perfectamente que aquel día apareció de inmediato un coronel franquista pidiéndome si se podía llevar algo de comida para su familia, que lo estaba pasando muy mal», cuenta.
La multitud, congregada en la Plaza de Oriente, en Madrid, tras anunciarse el final de la Guerra Civil
La multitud, congregada en la Plaza de Oriente, en Madrid, tras anunciarse el final de la Guerra CivilVirgilio Muro
No importa que algunos de los protagonistas de este reportaje fueran niños cuando se produjo el final de la guerra. Habían vivido igualmente tres años de muertes de seres queridos, de separaciones dolorosas y de mucho hambre. Experiencias traumáticas que no se olvidan con facilidad. «Me acuerdo perfectamente del 1 de abril de 1939. Esas cosas se quedan grabadas para siempre. Ese día, a pesar de mi edad, era fácil sentir que estaba pasando algo muy importante. Tenía la sensación de que todo lo anterior hubiera sido un mal sueño», explica Carmen de Alvear, que tenía entonces siete años y se encontraba en Palma de Mallorca. Allí había huido con su madre y unas tías para salir del «infierno» que era la Península, tras un viacrucis por aquella España que se desangraba: de Cartagena a Murcia, después a Madrid, Marsella y Ceuta, hasta acabar, finalmente, en las islas Baleares, los más lejos posible de las bombas.
«El día que acabó la guerra estaba toda la familia alrededor de una radio de esas antiguas –continúa–, en una casita de campo que habíamos alquilado. Y, de repente, todos empezaron a abrazarme, llorando y repitiendo lo felices que estaban. Yo me preguntaba que por qué lloraban si estaban contentos». Se acuerda también de que «todo toda la familia se puso a comer picatostes, como algo excepcional, para celebrarlo». La expresión de su madre, que no pudo contener las lágrimas, era especialmente emocionante. Se le estaba pasando por la cabeza el día en que le comunicaron que su marido había sido asesinado y el año que estuvo pensando que estaba muerto, hasta que se enteró de que, en realidad, no lo estaba. Pronto volvería a casa.

Tragedias en ambos bandos

Julia Cepeda tenía ocho años y, durante la guerra, había visto como los republicanos mataban a sus dos abuelos, a un tío y a su primo en Villacañas (Toledo). También presenció como se llevaban presa a su tía («que nunca fue capaz de contar lo que le hicieron») y a su padre («después de que huyera harto de que le dieran palizas»). Experiencias traumáticas como la que vivió también Juan Ortiz, aunque como víctima del otro bando. Él fue testigo de la muerte de su padre al que le cayó encima una bomba de la aviación franquista a escasos metros de distancia, durante el bombardeo del Mercado de Alicante del 25 de mayo de 1938. El mismo que a él le dejó al borde de la muerte, aunque lograra sobrevivir: «Una mujer cobijó a mi hermano en una pensión y no le ocurrió nada, pero a mí en el corralón me saltó la puerta encima con la explosión y perdí el conocimiento. Cuando me desperté, tenía los intestinos colgando. Me los cogí como pude y salí corriendo, pero me desplomé de nuevo, mientras los aviones seguían ametrallando en picado», reconoce.
Un grupo de republicanos, camino del exilio en 1939
Un grupo de republicanos, camino del exilio en 1939ABC
Por eso el 1 de abril del 39 fue uno de los días más felices de su vida. «Principalmente, porque sabíamos que ya no iban a continuar matando», comenta Julia, a quien la noticia le llegó por la mañana. Relata como salió corriendo inmediatamente después de conocer la noticia con una treintena de niñas hacia Lillo, un pueblo cercano por el que les habían asegurado que iban a pasar las tropas de Franco. «Nos repetían que con ellos íbamos a vivir bien y al pasar nos dieron un montón de chocolate, algo que nosotras ni sabíamos lo que era durante la guerra», explica a sus 84 años. También se acuerda de que su madre le había estado buscando todo el día, pero cuando apareció por casa no le echó la más mínima bronca, «porque estaba loca de contenta». «Sabía que pronto iba a poder ver a mi padre, que cumplía años precisamente el 1 de abril, y al que no había vuelto a ver desde que huyera».
Ortiz, por su parte, recuerda «el enorme jaleo y la alegría» que estallaron en las calles de Alicante. «La gente acudió inmediatamente a asaltar los almacenes de comida de la Iglesia de San Nicolás, de la antigua estación de autobuses y del puerto, donde habíamos estado viendo durante meses montones de sacos de habichuelas y garbanzos tapados con lonas. Eran las reservas para que los soldados hicieran frente a la guerra, mientras nosotros nos moríamos de hambre. La gente lo asaltó todo». «Y recuerdo –añade– a los carros pasando por la explanada cargados con esos sacos y a los vecinos acercándose por detrás para rajarlos y llenarse rápidamente una bolsa y salir corriendo».

«¡La guerra ha terminado!»

José Aracil vivía en la pedanía de los Desamparados, en Orihuela (Alicante), y Ángel Sánchez, en Almenara (Salamanca). Los dos tiene un recuerdo parecido a pesar de vivir en lugares diferentes: las campanas de sus iglesias pueblo repiqueteando a medio día. El primero no las había escuchado ni una sola vez durante la guerra, porque «los republicanos habían quemado todas las vírgenes y los santos que había dentro de la parroquia y habían convertido el edificio en un almacén». Por eso se sorprendió ese día se pusieron a voltear de nuevo. No solo las de su parroquia, sino las de de todas las iglesias de Orihuela. «Uno de mis hermanos entró gritando en casa: “¡La guerra ha terminado, la guerra ha terminado!”. Y mi madre repetía: “Así es, hijo, así es”. Mi padre, que había estado en la cárcel de Alicante, se encontraba en ese momento en la prisión de San Miguel. Poco después lo soltaron», comentaba a ABC a sus 85 años.
Niños saludando con el brazo en alto durante las obras de desescombro de la Cibeles en 1939
Niños saludando con el brazo en alto durante las obras de desescombro de la Cibeles en 1939Martín Santos Yubero
Las campanas de Almenara, en cambio, sí sonaban cada vez que las tropas de Franco conquistaban una ciudad. No hay que olvidar que Salamanca había sido tomada poco después del golpe y en ella había establecido este su cuartel general. Sin embargo, nunca habían sonado tanto tiempo como aquel 1 de abril. «Estuvieron repiqueteando una media hora, mucho más tiempo del que solían hacerlo», asegura Sánchez, de familia católica y conservadora, que a sus siete años decía estar ya «completamente mentalizado para asumir el final de la guerra y ser consciente de la victoria del bando nacional, la zona en la que vivía».
Recuerda hasta el clima que hacía ese día: «Era mediodía y hacía buen tiempo, no muy soleado, pero seco y sin frío. Todo el mundo se arremolinó en torno a las tres o cuatro radios que había en el pueblo para escuchar el último parte, aunque toda la provincia de Salamanca sabía ya de sobra hace días que la guerra iba a terminar. Algo que todo el mundo estaba deseando que ocurriera. Por la tarde incluso improvisaron una verbena para celebrarlo a la que acudió mucha gente. Yo no pude porque me habían puesto la vacuna de la viruela y me había subido la fiebre. Pero la gente estaba contentísima, la guerra había sido muy dura… aunque la posguerra fue peor», apuntilla.

«Suspendemos las clases por hoy»

Siempre y cuando no les hubiera tocado sufrir el exilio o la represión, las escenas de alegría por el fin la guerra se repitieron en todo los rincones de España, tanto por parte de republicanos, como de los franquistas o esa inmensa mayoría a la que no le importaba la política y solo quería que llegara la paz. «Chicos, la guerra ha acabado. Suspendemos las clases por hoy, os podéis ir a casa», les anunció la profesora Doña Magdalena a Jesús Balboa y sus compañeros del Colegio Brañas en Santiago de Compostela. Interrumpió la lección de repente y, poco después, todo el mundo se lanzó a las calles a festejarlo.
Soldados republicanos heridos cruzando la frontera de Francia al final de la guerra
Soldados republicanos heridos cruzando la frontera de Francia al final de la guerraABC
Manuel Viñuales tenía 13 años cuando vio a su prima mayor entrar dando gritos en el salón de la casita de La Raya (Murcia) donde se había refugiado con unos familiares. Antes de que lo dijera con palabras, él ya supo que había llegado la hora de volver a casa. «Era mediodía y yo me encontraba en la cocina comiendo con mis tres primos pequeños. Entonces, Carmen entró alborozada a grito de “¡la guerra había terminado, regresamos a Madrid!”. No lloraba, recuerdo que estaba muy nerviosa y gesticulaba muy exageradamente, muy emocionada, demostrando la alegría que tenía porque ella y sus hijos también eran de la capital», cuenta.
Viñuales –que poco después volvió a ingresar en el Colegio de San Ildefonso y se convirtió en el niño que cantó el primer Gordo de Navidad de la posguerra– recuerda que sus primos pequeños no le dieron mucha importancia a la noticia que les acababa de dar su madre, pero él le preguntó inmediatamente que cuándo regresaban. «Ella me contestó que aún no se podía, porque los trenes no funcionaban correctamente y primero tenían que volver los soldados del frente. Dejamos que pasara mayo para que se normalizara el tráfico y se asentaran las cosas en Madrid», concluye.

*Algunas de las entrevistas de este reportaje se hicieron en 2014.