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martes, 9 de abril de 2019

NUEVA REEDICIÓN DE "YO ERA EL PILOTO DE HITLER", ESCRITA POR HANS BRAUN, EL QUE FUERA PILOTO PERSONAL DEL DICTADOR

Resuelto el misterio de la última (y vergonzosa) confesión de Hitler antes de morirResultado de imagen de Resuelto el misterio de la última (y vergonzosa) confesión de Hitler antes de morir

Una reedición de «Yo era el piloto de Hitler», basado en las memorias del piloto personal del líder nazi en la Segunda Guerra Mundial, desvelan que el miedo y la locuta le atenazaban al final de su vida



Actualizado:
La historia de Baur, por el contrario, habla por sí misma y lo define como uno de los subalternos más leales del Führer. El mismo historiador español Jesús Hernández (experto en la Segunda Guerra Mundial y autor del blog «¡Es la guerra!») incide en sus obras en que el aviador «mantenía hacia Hitler una fidelidad absoluta» y que «formaba parte de su círculo íntimo». No se equivoca. Tan cercano estaba al líder nazi que, cuando este se escondía en el búnker de la Cancillería en 1945, fue uno de los pocos que pudo despedirse de él y escuchar los que -presuntamente- fueron sus últimos desvaríos.
Hans Baur fue un personaje controvertido. El que fuera el piloto personal de Adolf Hitler fue acusado tras la Segunda Guerra Mundial de haber intentado secuestrar al líder nazi por orden británica. La información no fue forjada por los amantes de la conspiración. Nada de eso. Esta extraña misión se descubrió en los archivos oficiales ingleses y, para ser más concretos, en una carpeta marcada con el identificador AVN-16. La rocambolesca historia se sustentaba en el odio del aviador hacia su superior.

Hans Baur
Hans Baur

Durante la última conversación que mantuvo con Baur, Hitler le transmitió su miedo y su resignación. Miedo a que los soviéticos le capturaran. Resignación, porque consideraba que había llegado su hora y que los culpables eran algunos de sus oficiales más allegados. «Voy a terminar con todo hoy», sentenció antes de marcharse a una habitación privada y acabar con su vida el 30 de abril junto a su amada Eva Braun. El piloto dejó escrita esta revelación en sus memorias, publicadas bajo el título de «Yo fui piloto de Hitler» en los años 80.


Por entonces pasaron desapercibidas. Así, hasta estos días, cuando -después de que se hayan reeditado- han sido recogidas por toda la prensa internacional. La historia tiene estas cosas... que una revelación ya conocida puede causar más revuelo un lunes cualquiera que durante toda una vida. Aunque, más allá del momento exacto en el que se hayan popularizado, lo cierto es que las declaraciones de Baur confirman los mitos perpetuados hasta la extenuación. Desde el pavor que sentía el Führer ante la barbarie del ejército de Stalin, hasta que algunos de sus más allegados le propusieron coger un avión y marcharse a toda prisa hasta Argentina.

Un servidor de Hitler

Ya fuera en sus memorias, ya fuera en las entrevistas que ofreció (pues murió en 1993), Baur siempre se esforzó por definirse cono un hombre cualquiera que había acabado pilotando para Hitler casi por azar. Dicen que las casualidades no existen. Y, desde luego, no fue -ni mucho menos- una desgracia para él ejercer de chófer aéreo del Führer. Antes, eso sí, había llenado su currículum con cientos de horas de vuelo durante la Primera Guerra Mundial (a las órdenes de un caza) y sobre aeroplanos de pasajeros. Así lo afirma el mismo Hernández en « 100 historias secretas de la Segunda Guerra Mundial»:
«Baur era un experimentado piloto. Se había alistado en la Fuerza Aérea alemana durante la Primera Guerra Mundial, con tan sólo 18 años. Fue derribado en nueve ocasiones. Tras la Gran Guerra había trabajado como piloto comercial para varias compañías regionales, hasta que en 1926 pasó a formar parte de la media docena de pilotos que integraron las primeras tripulaciones de las líneas aéreas germanas, la Lufthansa. Poco después de cubrir su primer millón de kilómetros, recibió una llamada de Hitler para convertirse en su piloto personal».
Como piloto personal de Hitler, Baur acumuló un sin fin de anécdotas. Juan Eslava Galán escribía para ABC que, en una ocasión, ambos temieron por su vida debido a la megalomanía de Benito Mussolini. Todo ocurrió durante una excursión de los tres en el avión del líder nazi, un Junkers 290, Cóndor. En pleno vuelo, el dictador italiano le pidió a su colega ponerse a los mandos de aquella potente máquina. El Führer no pudo negarse, pero entre lenguas le musitó a su hombre de confianza unas palabras que este jamás olvidaría: «Por Dios, no lo deje controlar el aparato».

Últimas horas en el búnker

Como ha contado Baur hasta la saciedad (también en un artículo que escribió para la revista Life en 1955 titulado «The last houts – and some last words – of Hitler») él era uno de los jerarcas que se encontraba en el búnker de la cancillería cuando todo estaba perdido para el Tercer Reich. «Baur estaba con el dictador cuando el búnker de Berlín estaba sitiado en abril de 1945. Su historia, que incluye las últimas palabras de Hitler, ayudan a entender por qué los alemanes declararon a Hitler legalmente muerto», se podía leer al comienzo del mencionado artículo.
En 1955, el aviador también afirmó que al Führer le aconsejó marcharse de allí unos días antes de suicidarse. «Sal de aquí. No te necesito más. Tráeme algunos bazookas porque los necesitamos urgentemente para combatir en las calles. No aterrices, hazlos caer sobre nosotros. Yo debo estar durante la caída de Berlín, pero tú eres más útil fuera de aquí». No obstante, él se había negado, pues quería pasar sus últimas horas allí. «Führer, es muy difícil abandonar a este grupo. Usted no me necesita para traer bazookas. Tengo tripulaciones para ello. Solo necesito que me de mis órdenes. Puede que yo sea más útil para usted aquí», completó.
En sus últimas horas, a finales de abril, Baur confirma que Hitler se le acercó y tomó sus manos. «Quiero despedirme de ti. Ha llegado el momento. Mis generales me han traicionado; mis soldados no quieren seguir y yo ya no puedo seguir». En sus palabras, por entonces corrían las siete de la tarde (una hora que sorprende, ya que, según los pesos pesados de la historia contemporánea, se suicidó sobre las tres). El piloto (y alto oficial del ejército) intentó persuadirle, como otros tantos, de que subiera con él a un aparato y se marchara de allí.

«Quiero despedirme de ti. Ha llegado el momento. Mis generales me han traicionado; mis soldados no quieren seguir y yo ya no puedo seguir»

Le insistió, pues veía más que real la posibilidad de escapar:
«Mein Führer, usted puede escapar. Puede coger un tanque (nosotros tenemos uno cerca de la Cancillería) y dirigirse hacia el oeste. El puente de Heer Strasse todavía está libre. Mis aviones están todavía en en Rechlin, preparados para volar. Yo puedo hacerle llegar volando hasta donde quiera».
Pero Adolf Hitler fue tajante, en parte, por el miedo que sentía a que los rusos le capturaran con vida y pudieran someterle a todo tipo de barbaridades antes de poner fin a su vida:
«Está fuera de mis pensamientos abandonar Alemania. Podría ir a Flensburgo, donde Dönitz tendrá sus cuarteles generales, o al Obersalzberg, pero en dos semanas tendría que plantarle cara a lo mismo que ahora. Algunos de mis generales y oficiales me han traicionado. Mis soldados no quieren seguir con esto. Y yo no puedo seguir con ello. Podría aguantar en el búnker unos días más, pero tengo miedo de que los rusos nos arrojen gas. Tenemos extractores, pero no me fío. No quiero ni imaginarme lo qué pasaría si los rusos me cogiesen vivo».
Según han desvelado estos días varios diarios anglosajones, también señaló que «un hombre debe de reunir el coraje suficiente para enfrentar las consecuencias» de sus actos y que había decido acabar con su vida en ese momento. «Se que mañana miles de personas me maldecirán, pero ese es mi destino», completó el dictador.


También le insistió en debía quemar su cuerpo (así como el de Eva Braun) para evitar que fuera vejado por los soviéticos. «Usted tendrá la responsabilidad de que mi cuerpo y el de mi esposa sean quemados para que mis enemigos no hagan con ellos lo mismo que con el de Mussolini». También le dio una segunda orden: que Karl Dönitz se convirtiera en su sucesor. Al parecer, a lo largo de esta conversación el aviador le insistió nuevamente en que podía huir hasta Latinoamérica.
«Traté de convencerlo de que todavía había aviones disponibles, y de que podía llevarlo lejos, a Japón, a la Argentina o con uno de los jeques, que eran todos muy amistosos con él debido a su actitud hacia los judíos», explicó Baur en su obra... De ahí es de donde proviene la leyenda de que escapó a través del Atlántico.

Después de aquella conversación, y antes de partir hacia su muerte, Hitler regaló a Baur una valiosa pintura para recompensar sus doce años de servicio. Según dejó escrito el mismo aviador, fue un retrato de Federico el Grande que siempre llevaba consigo. «Quiero darte algo para que me recuerdes. Siempre he querido este cuadro. Es un viejo Lenbach valorado en 43.000 marcos, y no me gustaría que se perdiera». Así acabó su conversación. Poco después, el aviador intentó escapar, pero fue capturado tras recibir un disparo en la pierna y capturado por los soviéticos.


domingo, 7 de abril de 2019

EL TRÁGICO FINAL DE JOEL ELLIOTT OFICIAL MÁS SÁDICO DEL 7º DE CABALLERÍA


Joel Elliott: el error que llevó al oficial más sádico del 7º de Caballería a ser mutilado por los indios cheyeneResultado de imagen de Joel Elliott: el error que llevó al oficial más sádico del 7º de Caballería a ser mutilado por los indios cheyene

El 27 de noviembre de 1868, este oficial decidió perseguir a las mujeres y a los niños que huían de un campamento nativo aniquilado por el famoso regimiento estadounidense

Su sed de sangre llevó al militar a caer en una terrible trampa. Aislado, fue atacado por varias tribus cercanas. Su cuerpo fue hallado jornadas después congelado y mutilado



Manuel P. VillatoroManuel P. VillatoroActualizado:

«Dos agujeros de bala en la cabeza, uno en la mejilla izquierda, la mano derecha cortada, el pie izquierdo casi cortado […], una profunda herida en la ingle derecha, profundos cortes en las pantorrillas de ambas piernas, el dedo meñique de la mano izquierda cortado y la garganta cortada». La crudeza del forense a la hora de enumerar las barbaridades perpetradas por los indios contra el mayor Joel Haworth Elliott es sólo comparable al sadismo que este alto oficial del Séptimo Regimiento de Caballería destiló, de la mano del teniente coronel George Armstrong Custer (más conocido como «Cabellos largos» por las tribus locales), contra los nativos americanos a partir de 1867.

Y es que, aunque es cierto que Elliott no fue la cabeza visible de la estrategia del gobierno norteamericano para expulsar a los nativos de sus tierras a base de espada (ese triste honor correspondió a personajes como el presidente Andrew Johnson y el mismo Custer), sí atacó por orden de «Cabellos largos» varios campamentos de nativos como el ubicado en las cercanías del río Washita (en Oklahoma). De hecho, este oficial fue asesinado por los indios mientras perseguía a un grupo de mujeres y niños desarmados que huían del temible Séptimo de Caballería.
¿Justicia? ¿Barbarie? Bajo la perspectiva actual es difícil saberlo. Sin embargo, la realidad es que su trágica muerte conmocionó a la sociedad y justificó la estrategia del terror utilizada por el Ejército de los Estados Unidos contra los legítimos pobladores de Norteamérica.

Con todo, en Europa la historia de Elliott ha sido ensombrecida por la del propio Custer, cuyas decisiones llevaron a la virtual aniquilación del Séptimo de Caballería en la popular batalla de Little Bighorn (acaecida a finales de junio de 1876). La temeridad y las ansias de gloria de «Cabellos largos», quién buscaba el favor de sus superiores para auparse hasta la poltrona de la Casa Blanca, lograron que las peripecias de este oficial -un versado veterano de la Guerra Civil norteamericana- pasasen a un segundo plano.

Pacifista

Según afirma el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos en su dossier « Washita Battlefield. Mayor Joel H. Elliott», nuestro protagonista vino al mundo el 27 de octubre de 1840 en Indiana en el seno de una familia cuáquera. Así lo corrobora también Dan L. Thrapp en su obra « Encyclopedia of Frontier Biography», donde especifica que «nació en Centerville, cerca de Richmond» y vivió en la granja familiar hasta «el 28 de agosto de 1861», día en que se alistó en la Compañía C del Segundo Regimiento de Caballería de Indiana. Así pues, accedió a la unidad (fiel al ejército de la Unión) como soldado raso apenas cuatro meses después de que comenzara la Guerra Civil norteamericana. Y todo, a pesar de que su familia le inculcó siempre unos valores pacifistas.

Elliott
Elliott- HAWORTH ASSOCIATION
A partir de entonces, Joel Elliott combatió en varias de las batallas más famosas de la Guerra Civil. Entre ellas destacaron la de Shiloh en abril de 1862 (la cual se saldó con 23.000 bajas después de que los confederados atacasen por sorpresa a los unionistas cerca de Tennesse); la de Perryville en octubre de ese mismo año (con más de 7.000 bajas) o la de Stones River en diciembre (donde se produjeron unas 24.000 bajas). Durante este período sufrió dos heridas menores y una que a punto estuvo de costarle la vida. «En la batalla de Brice's Cross Road, el 10 de junio de 1864, una bala le impactó en el pulmón izquierdo en Guntown», explica la Haworth Association en su artículo « Joel Haworth Elliot».
Poco antes (en abril de 1863, atendiendo a la «Encyclopedia of Frontier Biography») nuestro protagonista había sido nombrado capitán del Primer Regimiento de Caballería de Indiana. Un cargo que le duró poco y que le catapultó poco después hasta el Séptimo Regimiento de Caballería de Indiana (diferente al futuro y popular Séptimo de Caballería de Custer). A esta unidad llegó como segundo teniente, pero fue ascendido rápidamente por su arrojo. «En la batalla de Verona, Mississippi, capturó 4.000 armas y destruyó mucho material. Todo eso le permitió acabar la guerra como capitán», se determina en la obra mencionada.

Contra los indios

Tras la Guerra Civil (1865), el destino de Elliott se vio ligado a la política del presidente Andrew Johnson. El mismo político que -tras conquistar o anexionarse territorios como Texas, México y Oregón- estableció que la expansión de los Estados Unidos se veía drásticamente frenada por los nativos americanos. Un pueblo que se asentaba en el centro del continente y que impedía la conexión por tierra de los dos extremos del país.
Decidido a unificar el territorio, el presidente ordenó al ejercito expulsar a los indios hasta reservas apartadas en las que no entorpeciesen los intereses de la nueva nación. Algo que, por descontado, no gustó ni una pizca a los hombres del penacho de plumas, que se armaron para resistir por las bravas el empuje de los hombres de las barras y las estrellas.
En el marco de esa tensa situación se creó el mítico Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos. Una unidad cuya misión (entre otras tantas) era la de asegurar las fronteras y evitar que los nativos acabasen con los buscadores de oro y las caravanas que se adentraban en sus tierras. «Constituido el 28 de julio de 1866, el 7º Regimiento de Caballería se organizó formalmente el 21 de septiembre en […] Kansas», explican los autores de « The Encyclopedia of North American Indian Wars, 1607–1890. A Political, Social, and Military History». En la misma obra se señala que, desde sus inicios, la unidad fue conocida como « Garryowen» por adoptar esta marcha irlandesa como himno.

Mayor Joel H. Elliott
Mayor Joel H. Elliott - NPS.GOV
El mando del Séptimo de Caballería se le otorgó al mediocre Custer, ilustre a pesar de ser el último de su promoción y de haberse hecho tristemente famoso en la Guerra Civil por usar con demasiada ligereza a sus hombres para acabar con el enemigo a toda costa. No en vano, Ed Rayner y Ron Stapley le definen en su libro « El rescate de la historia» como un oficial «enérgico y nada escrupuloso […] que despreciaba a los indios y esperaba alcanzar una victoria espectacular sobre ellos para dar mayor impulso a su carrera».
«Cabellos largos», por su parte, llamó a filas a Elliott por considerarlo «un soldado curtido por una amplia experiencia en el campo del servicio».
No le faltaba razón a Custer, aunque los historiadores coinciden en que, bajo el liderazgo de «Cabellos largos», Elliott dejó salir de su interior toda la barbarie que atesoraba contra los nativos americanos. «En las llanuras demostró ser un oficial celoso y despreciable bajo las órdenes de Custer», explican los autores de «Encyclopedia of Frontier Biography».

«En las llanuras demostró ser un oficial celoso y despreciable bajo las órdenes de Custer»
Ejemplo de ello es que nuestro protagonista persiguió ferozmente, el 7 de julio de 1867, a un grupo de desertores hasta dar buena cuenta de ellos. «Siguió la pista de seis huidos a pie, uno murió, dos fueron heridos y el resto arrestados. Él informó de que el fallecido iba a disparar contra él, pero el resto afirmaron que el hombre estaba de rodillas pidiendo clemencia por su vida cuando fue asesinado por el segundo teniente William W. Cooke», añaden los autores de la mencionada obra.
Con todo, su experiencia permitió a Elliott hacerse con el mando del Séptimo de Caballería cuando Custer fue procesado y suspendido del mando (labor que comenzó entre agosto y octubre de 1867, atendiendo a las diferentes fuentes de información utilizadas).

Invierno sangriento

La campaña de presión del Ejército de los Estados Unidos, no obstante, se vio retrasada debido a dos factores principales que explica pormenorizadamente el historiador y periodista Jesús Hernández (autor del blog « ¡Es la guerra!») en su obra « Las 50 grandes masacres de la historia»: «Por entonces, los indios contaban con dos claras ventajas sobre el Ejército. Una era su táctica de guerrilla, favorecida por su gran conocimiento del terreno y su facilidad para vivir sobre él. La otra era su mayor movilidad; al ser capaces de trasladar sus campamentos con cierta agilidad, resultaba difícil capturarlos o perseguirlos».

Olla Negra
Olla Negra
Por entonces el odio hacia los nativos americanos no conocía ya límites. Así lo demuestran afirmaciones como las del general William T. Sherman («Hay que actuar con fervor vengativo contra los sioux, incluso hasta la exterminación de todos sus hombres, mujeres y niños») o la más popular «El único indio bueno es el indio muerto» (atribuida a multitud de personajes).
De esta guisa, el general Philip Sheridan (gran valedor de Custer) se decidió a dar un golpe decisivo a los nativos que les obligara a retirarse a las reservas. «El general Sheridan creyó haber encontrado el Talón de Aquiles de su enemigo; al llegar el invierno, las tribus solían replegarse a unos campamentos fijos, ofreciendo así un blanco estable que el Ejército podría atacar de manera planificada. La “Estrategia invernal”; como se le denominó al plan de Sheridan, consistía en que los regimientos saliesen a buscar esos campamentos de invierno para destruirlos», explica Hernández en su libro.

Custer, el odiado y amado líder del Séptimo de Caballería
Custer, el odiado y amado líder del Séptimo de Caballería - ABC
En su obra « Breve historia de los indios norteamericanos», Gregorio Doval corrobora esta afirmación: «El plan de Sheridan encaraba los dos mayores problemas del ejército. Primero, la dificultad de contrarrestar las tácticas de guerrilla de los indios […]. Segundo, su superior movilidad».
Para dirigir esta búsqueda y destrucción de los campamentos, Sheridan escogió a su preferido: Custer. Oficial al que le devolvió el mando del Séptimo Regimiento de Caballería. «Los ecos de las proezas de Custer durante la Guerra Civil aún resonaban, por lo que esa decisión fue considerada acertada. Aunque durante el conflicto logró ascender a general con tan solo veinticinco años, tras la guerra su graduación fue reducida a la de teniente coronel», completa Hernández.
Bajo la promesa de un ascenso rápido, «Cabellos largos» se dispuso a perpetrar la sangrienta «Estrategia de invierno» para ganarse el favor de Norteamérica. «Quería emprender cuanto antes su carrera política hacia la Casa Blanca y necesitaba con urgencia victorias militares que le avalasen», destaca Doval. Y todo ello, de la mano del mayor Elliott.

Batalla

A mediados de noviembre de 1868, con el frío sacudiendo sus casacas, Custer y Elliot partieron hacia las llanuras con su cruel objetivo en mente. Su «enemigo» (si es que puede llamarse así) no tardó en aparecer en forma de una pequeña tribu itinerante de indios cheyenes que se había instalado a orillas del río Washita. El poblado, dirigido por Cazo Negro (nombre traducido también como Caldera Negra u Olla Negra), estaba formado principalmente por mujeres y niños y no era hostil.
«Cazo Negro advirtió a los suyos de que no debían ser pillados por sorpresa […]. En lugar de esperar a que vinieran los soldados a por ellos, él acudiría a su encuentro al frente de una delegación para hacerles ver que el poblado cheyene era pacífico. La nieve era abundante y caía ininterrumpidamente, pero tan pronto como las nubes abandonaran el cielo, se pondría en marcha», explica Dee Brown en su documentada obra « Enterrad mi corazón en Wounded Knee».

Batalla de Washita
Batalla de Washita - STEVEN LANG
Para su desgracia, desconocía la misión del Séptimo de Caballería. El 26 de noviembre, Custer y Elliott arribaron a las cercanías del campamento y prepararon el ataque. «La columna se dividiría en cuatro unidades, que atacarían desde cuatro ángulos distintos, convergiendo en el centro del poblado», añade Hernández. El asalto comenzó una hora antes del amanecer, y al son de «Garryowen» (pues Custer había hecho acudir a los músicos de la unidad para que la interpretaran mientras cargaban).
De nada valieron las banderas blancas y las señales de paz. En pocos minutos, y tras acabar con los pocos conatos de defensa con los que se toparon, el poblado quedó reducido a cenizas. «De los 103 indios que murieron en el ataque, tan solo 11 de ellos eran guerreros», completa el historiador español en su obra. Brown reduce este número a 10.

Error fatal

La crueldad del Séptimo de Caballería no se detuvo en la aniquilación del campamento cheyene. Ávido de sangre, Elliott dirigió a una veintena de sus hombres (las cifras varían entre 16 y 18 dependiendo de los historiadores) contra los hombres, mujeres y niños que habían logrado escapar de aquel desastre. Las fuentes también difieren a la hora de señalar si lo hizo o no con el consentimiento de Custer, aunque la teoría más extendida es la que recoge el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos. Según desvela este organismo en su dossier sobre nuestro protagonista, «pidió voluntarios para perseguir río abajo a los indios que escapan de la aldea» sin contar con su superior.
Aquel fue un error que acabó con su vida. Tras una breve persecución, los pocos soldados de Elliott se toparon con decenas de guerreros de varios campamentos cercanos. «Custer cometió un error de tal calibre que sus consecuencias le persiguieron el resto de su vida. Como no se había molestado en hacer un reconocimiento de los alrededores del poblado, no se dio cuenta de que aquel solo era uno más de una serie de campamentos cheyenes. Cuando el mayor Joel Elliott salió a perseguir a los supervivienets con una pequeña partida de soldados, los guerreros de uno de estos campamentos le tendieron una emboscada», desvela Doval.

Custer y el Séptimo de Caballería en Little Bighorn
Custer y el Séptimo de Caballería en Little Bighorn
Usando una estrategia habitual, Elliott ordenó a sus hombres que descabalgasen y atasen sus caballos entre ellos. A continuación, los escasos soldados del Séptimo de Caballería formaron un semicírculo y se defendieron de sus innumerables enemigos.
¿Qué hizo Custer cuándo se percató de la contienda? Al parecer, nada. «El intercambio de disparos entre el grupo de Elliott y los indios fue escuchado en la lejanía por Custer, quien fue apremiado por sus hombres para que diese la orden de acudir en su auxilio. Pero Custer, que aún estaba paladeando la victoria, no quiso arriesgarse a entablar un choque con los indios de incierto desenlace», determina Hernández.
La mayoría de autores (entre ellos Doval, Brown o el organismo oficial estadounidense) corroboran que «Cabellos largos» prefirió recoger a los prisioneros que había hecho y olvidarse de su subordinado para no empañar su «gran victoria». Así pues, los arapajos (tribu a la que pertenecían los asaltantes, según se afirma en «Enterrad mi corazón en Wounded Knee») y los cheyenes dieron buena cuenta de los norteamericanos.

Venganza y controversia

Dos semanas después de aquella masacre, Sheridan y Custer hallaron los restos de Elliott y sus hombres dos millas corriente abajo. Todos ellos estaban terriblemente mutilados.
«El mayor tenía dos orificios de bala en el cráneo y otro en la mejilla; además le habían cortado los genitales, una mano, y el dedo meñique de la otra, y presentaba cortes de cuchillo en todo el cuerpo», señala Hernández. Los autores de «Encyclopedia of Frontier Biography» desvelan, por su parte, que uno de los torsos de los fallecidos soldados del Séptimo de Caballería jamás fue encontrado.

El Séptimo de Caballería se defiende en círculo de los nativos
El Séptimo de Caballería se defiende en círculo de los nativos - The Encyclopedia of North American Indian Wars
Aquel descubrimiento prendió la mecha de la controversia en la sociedad estadounidense y dentro del propio Séptimo de Caballería. La unidad se dividió en dos: los que apoyaban la decisión de su superior, y los que le criticaban por haber abandonado a sus hombres.
«Cabellos largos», por su parte, se defendió ante sus compatriotas afirmando que había enviado a una partida a las órdenes del mayor Myers en busca del grupo, pero que regresó sin noticias. La puntilla a este incendio la puso el capitán Benteen, amigo de Elliott y enemigo del teniente coronel, al culpar a Custer de lo sucedido.
Más allá de esta controversia (que quedaría lapidada tras la derrota y muerte de Custer en Little Bighorn), el mayor fue inhumado irónicamente en la misma zona que odiaba. «Elliott fue enterrado en Fuerte Arbuckle, en territorio indio», añade el autor de «Encyclopedia of Frontier Biography». A día de hoy, su cruel gesta y su muerte son narrada en Oklahoma, donde se puede visitar el campo de batalla de Wishita.

miércoles, 3 de abril de 2019

LA APASIONANTE VIDA DE THOMAS EDWAR LAWRENCE "LAWRENCE DE ARABIA", UN HÉROE IMPERFECTO

Lawrence de Arabia

(Thomas Edward Lawrence; Tremadoc, Reino Unido, 1888 - Moreton, id., 1935) Escritor y militar británico que colaboró activamente en la sublevación de los árabes contra el Imperio otomano. Hijo ilegítimo de un aristócrata, creció bajo la influencia de una madre dominante. Estudió lenguas clásicas y arqueología en Oxford y viajó por Francia, donde las fortalezas medievales despertaron su interés por las Cruzadas y las culturas del Próximo Oriente; con este destino partió en 1910 en una expedición arqueológica con el equipo del Museo Británico.

Lawrence de Arabia
Recorrió en bicicleta Siria, Líbano, Palestina y otros puntos de Mesopotamia, lo cual le permitió conocer los pueblos y la lengua árabes. En el yacimiento de Carchemish conoció a Sheik Ahmed, un muchacho de quince años con quien se quedó a vivir, para escándalo de los nativos que trabajaban en la excavación. En 1914, poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, entró en la Sinai Survey, compañía topográfica dirigida por lord Kitchener, que era en realidad una tapadera del espionaje militar británico, a cuya oficina de El Cairo fue trasladado al cabo de unos meses.
Trabajaba en ella cuando dos años más tarde se le encomendó la misión que le abriría las puertas de la leyenda. Fue enviado a la ciudad de Jidda para que convenciera al rey Husayn Ibn Alí de que generalizara la revuelta árabe que tímidamente habían comenzado sus hijos Abdullah y Faisal contra los turcos. La corriente de simpatía mutua que se estableció entre él y el emir Faisal (el futuro monarca Faisal I de Irak) fue decisiva para el éxito de su cometido, el cual implicó la ardua tarea de coordinar a las ariscas tribus beduinas.
LA REBELIÓN ÁRABE
A su vuelta a El Cairo en mayo de 1916 la cuestión de la rebelión árabe había alcanzado un punto crítico. Avisados de los planes de insurrección entre los militares de Siria, los turcos acababan de ejecutar a veintiún nacionalistas árabes en Damasco y estaban a punto de enviar tropas hacia el Hiyaz, el otro centro insurreccional en torno al jerife de La Meca, Husayn ibn Ali. La rebelión allí debía desencadenarse inmediatamente so pena de ser sofocada en cierne y efectivamente se inició el 5 de junio contra todas las expectativas.
Los primeros meses de la rebelión fueron tan azarosos como los planes de apoyo por parte de los mandos ingleses en El Cairo, ocupados en clarificar sus atribuciones y atentos a otra empresa prioritaria en la península de Sinaí, que debía abrir un nuevo frente contra los turcos al sur de Palestina. Cuando Lawrence, ya ascendido a capitán, llegó el 16 de octubre a Yida, en la costa del mar Rojo, acompañando como observador al enviado inglés Ronald Storrs en visita al jerife Husayn, encontró una situación preocupante con las fuerzas rebeldes descoordinadas y la ayuda inglesa limitada a la primera línea costera. Su visita al campamento de Faysal, el tercer hijo del jerife, fue decisiva. En este hombre de 31 años, culto y ascético, encontró un personaje congenial con capacidad de liderazgo, convencido como él de que la rebelión árabe podía triunfar y llevar al establecimiento de un estado árabe independiente y soberano con capital en Damasco.​ Lawrence volvió a El Cairo lleno de entusiasmo por la causa árabe y con característica tenacidad logró que a finales de noviembre le destinaran como «enlace temporal» al ejército irregular de Faysal, acampado en Yenbo.
Al dar este paso Lawrence ya conocía las promesas que desde El Cairo se le habían hecho a Husayn en los primeros momentos de la guerra, asegurándole un estado panárabe independiente bajo su gobierno si unía sus fuerzas con los aliados contra los turcos. Es lo que se conoce como «el compromiso McMahon» («MacMahon Pledge»).También sabía Lawrence que este compromiso quedaba anulado por el posterior acuerdo secreto suscrito por los plenipotenciarios inglés y francés, Mark Sykes y Georges Picot, en mayo de 1916, y que definía las ambiciones territoriales de Inglaterra y Francia en Oriente Medio una vez vencida Turquía. Sin embargo Lawrence se embarcó en la aventura árabe con la convicción de que si lograba establecer a la insurrección árabe como un aliado de plena igualdad gracias a su eficacia, y los árabes llegaban a Damasco antes que sus aliados, conquistando así real y simbólicamente su independencia, el tratado de Sykes-Picot sería papel mojado.​
Este razonamiento contradictorio y sin embargo válido es el que inspiró su intervención en el avance de las fuerzas irregulares de Faysal a lo largo de la costa del mar Rojo, con incursiones tierra adentro para atacar el ferrocarril del Hiyaz, esquivando las fortalezas turcas y levantando sucesivamente a las tribus de la zona en un brillante ejemplo de guerra de guerrillas.
Lawrence en Aqaba, 1917
Con la toma por tierra del inexpugnable puerto de Aqaba, el 6 de julio de 1917, el ejército irregular de Faysal, se situó de hecho en el flanco derecho del Ejército Expedicionario Egipcio comandado por el general Edmund Allenby. Lawrence no tardó mucho en convencer a Allenby de que los irregulares árabes apoyados por un incipiente ejército regular árabe eran los aliados imprescindibles para el planeado avance hacia Gaza, que cayó en octubre, y Jerusalén que cayó en diciembre. Siria y su capital Damasco quedaban al alcance de la mano.​
El curso de la guerra en los frentes europeos, la salida de Rusia de la contienda a raíz de la Revolución bolchevique de octubre-noviembre de 1917 aceleraron también los acontecimientos en Oriente Medio. La revelación por los bolcheviques de los tratados secretos aliados,​ entre ellos el tratado Sykes-Picot, agravó el dilema moral de Lawrence desgarrado entre su lealtad a los árabes y su lealtad a su patria, y acrecentó el estrés psicológico bajo el que actuaba y su desgaste físico. En ese invierno del 17-18 emprendió desde su base avanzada de Azrak en el desierto sirio algunas de sus acciones más arriesgadas en territorio enemigo como el intento fallido de dinamitar el puente sobre el río Yarmuk (7 de noviembre), el ataque al tren en Minifir (12 de noviembre) o la incursión casi en solitario a Deraa (20 de noviembre). En esta ocasión Lawrence fue detenido por una patrulla de reclutamiento turca que no le reconoció a pesar de que estaba puesto un precio a su cabeza. Durante su detención fue salvajemente maltratado y violado, pero consiguió escapar con vida. La experiencia fue traumática y tuvo consecuencias profundas y perdurables.​
Cuando Lawrence entró triunfante en Damasco el 1 de octubre de 1918 en la avanzadilla del ejército irregular de Faysal no era el mismo que desembarcó en Yida en octubre de 1916. Profundamente desilusionado por las desavenencias y la lucha por el poder entre los aliados, asqueado por las atrocidades de la guerra de las que se sentía corresponsable y deprimido por las pérdidas personales sufridas durante la contienda, entre las que destacan la muerte en el campo de batalla, en Francia, de sus dos hermanos y la muerte de Dahum durante una epidemia probablemente en Karkemish, Lawrence pidió el relevo al general Allenby el 4 de octubre y abandonó Damasco rumbo a Inglaterra vía El Cairo
Ascendido a coronel, participó en las operaciones militares árabes, durante las cuales resultó herido varias veces e incluso fue apresado, torturado y vejado por un bey otomano, sin que en la ocasión llegara a revelar su identidad. Transmitió a los árabes la idea de unidad nacional, al mismo tiempo que apoyaba las acciones del general Edmund Allenby: ataque a la línea férrea Damasco-Medina y toma, en julio de 1917, del estratégico puerto de Akaba.
Durante el invierno siguiente, Lawrence y los árabes mantuvieron las acciones de apoyo del flanco derecho del ejército de Allenby en Palestina hasta que, el 1 de octubre de 1918, entraron con el general británico en Damasco. Poco después, comprobó que su idea de crear una federación árabe ligada al Reino Unido había quedado abortada dos años antes, merced al tratado Sykes-Picot, por el cual su país cedía a Francia un mandato sobre Siria, reparto que se confirmó en el tratado de paz de Versalles de 1919.
Aunque profundamente decepcionado, en 1921 aceptó un cargo en la Oficina de Colonias como consejero de Winston Churchill, a quien asesoró en asuntos árabes y acompañó a Egipto y Palestina. En este cometido, medió entre árabes y judíos y al mismo tiempo contribuyó a consolidar políticamente a Abdullah I de Jordania, hermano de su amigo Faisal, como rey de Transjordania. Poco más tarde decidió retirarse y, rechazando las condecoraciones que quiso concederle Jorge V de Inglaterra, se alistó en la RAF bajo el nombre de John Hume Ross.
Descubierta su nueva identidad, en 1923 se enroló, también con nombre falso, en una unidad acorazada. Durante dos años sirvió como soldado raso en la India, antes de reingresar en la RAF como mecánico. Sus vivencias en el desierto las recogió en Los siete pilares de la sabiduría (The Seven Pillars of Wisdom, 1926). Póstumamente se editaron La mina (The mint, 1936) y una recopilación de sus Cartas. El 19 de mayo de 1935 falleció en un accidente de motocicleta al intentar esquivar a dos ciclistas. Sólo Churchill y unas pocas personas más, aparte de sus parientes próximos, supieron que el Thomas Shaw que había muerto en el hospital militar de Wool era el legendario Lawrence de Arabia.
UN HÉROE IMPERFECTO 
La imagen del «Héroe del Imperio» y de «Lawrence de Arabia» se conservó sin fisuras muchos años después de su muerte, guardada celosamente por lo que se llamó el «Lawrence-Lobby». Sin embargo, la historia se hizo leyenda y la persona de Lawrence se difuminó y olvidó. En 1955 el escritor Richard Aldington publicó una biografía sobre Lawrence​ en la que demolía la leyenda piadosa y tachaba al «Liberador de Damasco» de mentiroso compulsivo, ambicioso y desequilibrado. Iniciaba así un debate en torno a una leyenda nacional incontrovertida hasta entonces. En 1962 el éxito internacional de la película Lawrence de Arabia, dirigida por David Lean con guion del autor dramático Robert Bolt y con Peter O´Toole en el papel de Lawrence, dio un nuevo giro a la discusión al presentar a Lawrence como un ser humano complejo y vulnerable, no como un manipulador sino como un manipulado, no como un héroe de la Primera Guerra Mundial sino como una víctima de ella. Esta interpretación, afianzada y profundizada por las publicaciones posteriores de documentos reservados en archivos oficiales y de cartas desconocidas de Lawrence —entre ellas las muy reveladoras a su amiga y protectora Charlotte Shaw—, es la que se ha impuesto finalmente tanto entre los conocedores del tema como entre el gran público. Como decía el escritor francés André Malraux: «La vida de T.E. Lawrence es intensamente acusadora, no es ejemplar, no pretende serlo».